Passan: Dentro del mundo salvaje y extraño del arbitraje salarial de la MLB

Con $3 millones en juego, los Boston Red Sox querían crear el argumento más convincente contra Mookie Betts sin enemistarlo o insultarle. Por ello, en enero pasado, mientras intentaban convencer a un panel de tres árbitros de que Betts se merecía el salario por $7.5 millones que estaban ofreciendo y no los $10.5 millones que el pelotero solicitaba, los Red Sox intentaron una nueva forma de presentar su caso en la típicamente rígida y leguleya sala de arbitraje: Mostraron un video que hablaba de la calidad de Kris Bryant.

El propósito, según comentaron múltiples fuentes presentes en la sala a ESPN, no solo era derrochar elogios por el tercera base de los Chicago Cubs, sino el de sustentar su argumento: Si bien Mookie Betts es un gran pelotero, no es Kris Bryant.

Y en el mundo del arbitraje, un proceso opaco y engorroso que determina los salarios de cerca del 25% de los peloteros de la liga cada año y que ha cobrado un significado cada vez mayor a medida que la incertidumbre económica se apodera del mundo del béisbol, el factor más importante en el proceso es el de determinar un nivel de comparación con otros peloteros.

Por ello, cuando Betts ganó el primer caso de 2018, un año en el cual se escenificó la mayor cantidad de audiencias de arbitraje desde 1990, no fue meramente una victoria para él o un síntoma de que Bryant y su salario por $10.85 millones, era de hecho un punto justo de comparación. Recordó a los jugadores que, con el mercado de agentes libres empezando a cobrar vida y que las extensiones contractuales previas a la agencia libre son cada vez más raras, el arbitraje se encuentra entre las últimas vías en las cuales los peloteros puedes conseguir mejoras salariales en pleno proceso de corrección financiera dentro de este deporte.

He allí la razón por la cual las próximas 48 horas serán tan interesantes. A la 1 p.m. hora del Este de Estados Unidos del viernes, los aproximadamente 175 peloteros elegibles para el arbitraje habrán definido su salario para 2019 o expresarán sus desacuerdos para así ir a una audiencia. Con los 30 equipos adoptando una mentalidad llamada “presentar cifras e ir a juicios” (o sea, si ambas partes presentan una cifra y luego irán a un juicio, para así eliminar las negociaciones posteriores a la fecha de intercambio de cifras que eran predominantes hace cinco años), el viernes es una fecha subestimada en el calendario del mundo del béisbol.

En esta fecha, el tercera base de los Colorado Rockies Nolan Arenado marcará un récord para un salario de arbitraje, o irá a un juicio en febrero. Y será el día en el cual la clase de elegibles por primera ocasión, conformada por Francisco Lindor, Carlos Correa, Javier Baez, Trevor Story y Corey Seager representa el mayor flujo de talento (más aún, talento en una sola posición) que ingresará al sistema de arbitraje en años. Los saltos dados por el abridor Jacob deGrom, ganador del Cy Young, y del cerrador Blake Treinen podrían representar aumentos significativos para ellos.

Existe también el caso de Betts, quien dio un salto sustancial de nivel en el terreno tras haber dado otro en el arbitraje. El sistema de arbitraje favorece especialmente a los peloteros galardonados con premios y Betts viene de conseguir en la pasada temporada el premio al Más Valioso de la Liga Americana y un anillo de Serie Mundial. ¿Buscará romper el récord de Max Scherzer de un aumento de $8.8 millones para jugadores ya sometidos al arbitraje? ¿Podría ver el salario de Arenado, de $17.75 millones, como jugador elegible por tercera vez y conformarse con algo similar para así evitar un juicio? ¿O irá a por todas y pedirá más de $20 millones, para así imponer un récord en un panorama en el cual se ven cada vez menos casos similares?

“Espero que cada agente mantenga su posición”, expresó un agente con clientes elegibles al arbitraje a ESPN. “Este sería un año maravilloso para ver si pueden hacerlo. ¿Y si no? Vamos a un juicio”.

La mayor interrogante es esta: Con el sistema de arbitraje sirviendo, de algunas formas, como un microcosmos del resto del mercado laboral para los peloteros, que cuentan con menor poder que una gerencia de loga bien organizada, los distintos objetivos de respectivos jugadores afectando de forma adversa a otros y el riesgo de someterse a un panel a veces inconsistente, ¿cuán agresivos pueden permitirse ser?


En una declaración de misión distribuida entre algunos jugadores, Jeff Berry, quien es uno de los gerentes de la división de béisbol de la agencia CAA, enumeró una serie de pasos que considera son necesarios a fin de rectificar el desequilibrio de poder en la relación entre Major League Baseball y el sindicato de peloteros. No sorprendió a nadie que su primer objetivo era el arbitraje. “(A)tacar el sistema de arbitraje”, escribió Berry en el memo, obtenido por Buster Olney de ESPN, “es un campo de batalla ideal para que el sindicato, peloteros y agentes tomen una posición unificada, se sientan empoderados y proactivos en vez de convertirse en víctimas”.

El uso del arbitraje como un arma potencial en un conflicto laboral creciente es totalmente distinto a la intención del sistema. El arbitraje existe para que dos partes con objetivos distintos puedan escucharse y llegar a un punto medio. Los peloteros desean el salario más alto posible. Los clubes quieren pagarle lo menos posible. En alguna parte se encuentra un punto aceptable para ambos, y luego de las guerras laborales de los años 80, se convirtió en el procedimiento estándar.

En medio de la congelación del mercado de agentes libres el invierno pasado, 22 peloteros fueron a juicio, una de las cifras más altas desde la creación de este sistema en 1974. A pesar de ello, representó apenas el 10 por ciento de los elegibles a someterse al arbitraje, demostrando el punto hecho por algunos agentes intrépidos: Los peloteros podrían voltear el sistema de la misma forma en la cual los clubes lo han hecho con la agencia libre y han intentado hacer con el arbitraje al adoptar el sistema de “presentar ofertas e ir a juicio”.

Si eso fuera prudente de hacer es una interrogante totalmente diferente. Una serie de factores hacen de este escenario, por mas tentador que sea, casi imposible. Primero, tenemos la gran plaga del sindicato: malos arreglos. Si bien Major League Baseball trabaja de forma diligente para coordinar los objetivos de arbitraje de sus 30 equipos (este comportamiento está permitido bajo el actual contrato colectivo y no es considerado colusión), los agentes ocasionalmente hacen arreglos muy por debajo de los objetivos. El efecto, en un sistema comparativo, es devastador: un mal arreglo podría arrastrar los precios hacia abajo en una posición particular por años.

Además, mientras algunas de las mentes más brillantes del sindicato de peloteros se enfocan en el arbitraje, el eficiente departamento de relaciones laborales de Major League Baseball (más todo el poder cuantitativo alojado en las súper computadoras de los equipos y las mentes de quienes las manejan) llevan a un punto de inflexión teórico en los casos. El sindicato hizo bien al equilibrar 22 casos el año pasado, ganando 12. Históricamente hablando, la liga ha ganado más del 50 por ciento de los casos. Con 30 o 35 casos, o aún más, el volumen podría llevar a los jugadores a sufrir desventaja.

Otro factor que complica las cosas es el costo para los agentes. Ir a un juicio podría ser costoso, especialmente para agencias de menor tamaño que no cuentan con abogados en su plantilla con suficiente experiencia o habilidad para presentar argumentos en un caso de arbitraje. Contratar asesoría legal externa podría costar hasta $55,000, costo que recae en el agente. Y cuando el spread, o la diferencia entre ambas partes, es mínima y la comisión del 5 por ciento en la diferencia ni se acerca a cubrir los honorarios del abogado, claramente se convierte en incentivo para llegar a un arreglo, hecho que los equipos conocen y del cual tratan de aprovecharse.

Todo lo anterior nos lleva al extraño baile que actualmente está en desarrollo. El lunes y martes pasados, personeros de las gerencias de los equipos llamaron a los agentes para presentarse, dicen que se encuentran en un grupo encargado de manejar casos de “presentar ofertas e ir a juicio” y les indican un nombre que consideran es un buen punto de comparación. En la mayoría de los casos, se produce poco movimiento sustancial entre miércoles y jueves. Solo el viernes, fecha límite, es cuando se produce un serio intercambio entre las partes. Es algo intencional: al acercarse a la fecha límite, los equipos frecuentemente sienten que cuentan con la ventaja y su disposición de aprovecharla es clara.

Entre las 8 a.m. y la 1 p.m. hora del Este del viernes, las oficinas de los equipos y agentes, la liga y el sindicato, servirán de centros nerviosos en una carrera alocada. Se celebrarán y lamentarán buenos y malos arreglos. Algunos entrarán en pánico. Otros se quedarán tranquilos. Y todos sabrán que a falta de un arreglo, pocas semanas después irán a una sala en la cual se darán sentencias tan arbitrarias como determinar una bola o un strike.

Las audiencias de arbitraje comienzan a las 9 a.m. o 1 p.m. Típicamente, hay aproximadamente 30 personas asistentes en la sala: 10 del lado del jugador, incluyendo el propio pelotero, y 20 por parte del equipo. Cada parte tiene consigo 12 copias de su presentación. El lado contrario recibe cuatro copias y una cantidad de personas van luego a sus respectivas suites a comenzar a construir el argumento en contra que se presentará después en la audiencia.

Para comenzar, el lado del jugador tiene una hora para presentar sus argumentos. Luego de un receso de 15 minutos, el equipo tiene otra hora. Tras un receso de 30 minutos, durante el cual ambas partes terminan de pulir sus argumentos finales, el lado del jugador tiene 30 minutos para refutar y el equipo tiene un tiempo similar. Los jugadores frecuentemente escucharán como sus logros son menospreciados. Las audiencias de arbitraje no son para los débiles de corazón.

Los argumentos presentados en un caso cubren una gama completa de situaciones. Durante mucho tiempo, los árbitros han recompensado altas cifras de jonrones y salvados, por ello son presentadas de forma prominente entre los jugadores que disponen de logros similares, tales como Khris Davis de los Oakland Athletics, que podría buscar un aumento para ganar de $10.5 millones a una cifra cercana a los $18 millones. A la vez, el sistema de arbitraje no es el sistema antediluviano y adepto al ábaco que muchos pretenden mostrar. La métrica de triunfos sobre reemplazo es usada de forma extensa. No se permite utilizar data del sistema Statcast, principalmente porque la liga dispone de mucha más información proveniente del sistema que el sindicato y en 2016, cuando se firmó el Contrato Colectivo, la precisión de las métricas de promedio de giro y ángulo de lanzamiento tan vitales para el béisbol moderno no eran probadas en un muestreo lo suficientemente amplio como para permitir su inclusión.

Cuando terminan las presentaciones, el panel conformado por tres árbitros independientes empieza a modelar una decisión en la cual el ganador se lo lleva todo. En ocasiones, la diferencia es de cientos de miles. En otras, es de millones. Y en un momento en el cual el salario promedio ha decaído año tras año, el arbitraje, que existe para conferir aumentos, es una tabla de salvación para los peloteros entre tantas pérdidas en otros lados.


La cifra exacta que gane Mookie Betts en la próxima temporada es importante porque aumentará el barómetro bajo el cual será medida la próxima generación de jugadores que se someterá al arbitraje. ¿Serán $18 millones? ¿$19 millones? ¿Qué pasará con Arenado? ¿Irá por lo seguro y buscará un aumento que supere el récord de Josh Donaldson de salario por una temporada obtenido a través del arbitraje de $23 millones? O, ¿quizás comparará su situación a los contratos de agentes libres, tal como se les permite a los que se encuentran en su temporada final de arbitraje, para así intentar hacerse con la luna y ganar, digamos, $27 millones? ¿O $28 millones? ¿O más?

Las mayores ganancias, tal como lo indicó un veterano experto en arbitraje, no necesariamente se hacen en casos como el de Betts el año pasado o el récord de Ryan Howard, cuando ganó $10 millones en su primer año de elegibilidad en 2008. Son arreglos fuertemente negociados los que terminan mejor porque son admisiones de ambas partes que este es el verdadero valor de mercado y no solo un número elegido por tres personas a quienes les gusta un argumento más que el otro.

Por ello, a pesar de lo interesante que pueden llegar a ser los juicios, y por toda la pelea y resentimiento que pueda generar el sistema de “presentar ofertas e ir a juicio” contra la liga, el arreglo extrajudicial, si bien es poco sexy, es la columna vertebral del arbitraje. Se trata de mover el ovoide tres yardas con una nube de polvo, en vez de volar en cada jugada.

Todo se debe a que un pequeño progreso sigue siendo un progreso y la ausencia de éstos por otros caminos aterroriza a los jugadores. La contracción del mercado de agentes libres es real. Si el razonamiento de los equipos es que no quieren gastar sus ganancias en jugadores con más de 30 años, el movimiento lógico sería invertir en jugadores entre 20 y 30 años. Y aún así, las ofertas a largo plazo que se extienden a jugadores en estatus previo al arbitraje son similares a lo visto hace una década. Las ganancias en el béisbol han crecido en más de 50 por ciento y esto no incluye el montón de dinero que está haciendo Major League Baseball con su área de internet y las riquezas que pronto tendrán con sus sociedades de apuestas.

Por ello, el mensaje del sindicato a los jugadores, particularmente a los mejores peloteros, está claro: Sean agresivos en el arbitraje. Presionen a los equipos. Si no están dispuestos a pagar lo que la unión considera como valor justo de mercado antes o después del arbitraje, al menos hay que asegurarse de utilizar el sistema para asegurarse de que paguen lo mejor posible durante el arbitraje.

El mensaje de la liga a sus clubes es similar: Sean inteligentes, organizados. Comuníquense y funcionen como uno solo. Es así como la liga hizo la transición de ser un hazmerreir en sus relaciones laborales a manejar el poder. Con Betts, Arenado y el desfile de increíbles campocortos jóvenes, MLB tiene mucho que perder en esta temporada de arbitraje, particularmente en un momento en el cual no está acostumbrado a perder.

Este es el nuevo orden del mundo del béisbol, uno que será puesto a prueba durante unas frenéticas cinco horas el viernes, con grandes nombres y mucho dinero, con mucho en juego. La liga está confiada en sus posibilidades. Los jugadores, esperanzados. Que comience la locura.