LOS ÁNGELES -- Desesperación. Histeria. Confusión. El ritual del suicidio.
La FMF deshoja los crisantemos de su propio obituario.
Víctor Manuel Vucetich, subido al cadalso. Miguel Herrera, el próximo ungido, y por lo tanto, inevitablemente, la futura víctima mañana, pasado, en dos juegos, en diez, en un año.
Si la muerte es una condición humana, el despido es una condición de muerte en los técnicos del Tri.
A los entrenadores de México no los matan sus resultados, sino el estado de histeria senil de sus patrones.
La derrota ante Costa Rica provoca estertores de muerte en el futbol mexicano.
El Mundial de Brasil parecía en 2012 una rutina, Un ejercicio simplista de trotar por los pastizales de la Concacaf para recolectar los puntos para el Señor Feudal.
A-Tri-la y sus Hunos sembrarían terror entre sus súbditos en esta, pensaban, tierra de ciegos donde el Rey Tuerto era México.
Y como no. Campeones mundiales Sub 17, Oro Panamericano, Oro en Toulon, Patriarcas del Preolímpico, tercero del Mundial Sub 20, Copa Oro, y ni más ni menos, Oro Olímpico.
Odín habría mandado a sus fuerzas celestiales a apoderarse del mundo. Tiembla Europa.
Y de repente, el caos, el Apocalipsis. México a la repesca, y lo peor, llega ahí por la caridad ajena, por la compasión de EEUU, por la angustia y nerviosismo de Panamá, mientras los ticos consumaban la consigna centroamericana #PorUnMundialSinMexico de manera brillante.
Panamá se cegó tres minutos ante EEUU, cierto, pero México dio palos de ciego 90 minutos ante Costa Rica.
Si el boleto a la repesca con Nueva Zelanda fuera asignado por dignidad competitiva, México no estaría en conflicto con Panamá sino, tal vez, incluso, por debajo de Jamaica.
Sus jugadores, los héroes tribales, los héroes de 2011 y 2012, vieron como sus rodillas de barro. esas que sostienen a los ídolos de pacotilla, se colapsaron.
Y como los veintitantos figurines de la aristocracia de porcelana venden y se cotizan entre las volubles, consumistas, esclavizadas y cómplices ansiedades de los aficionados, ellos deben seguir.
No importa si Chicharito se convirtió en el Adonis del Ridículo, o si la exquisitez VIP de Monsieur Ochoa volvió a revolcarse en las imprecisiones, mientras que Giovani y Aquino solo gozan de la fama y ya se echaron a dormir en el Tri, aunque en el Villarreal suden la gota gorda.
Estos gigolos del fervor popular han olvidado, vestidos de verde ("es un orgullo representar a mi país") la devoción frenética con la que juegan en sus equipos, que, totalmente cierto, son los que les pagan y hacia los que deben mantener su prioridad de rendimiento.
Ya la diatriba es dramática en la selección mexicana.
1.- ¿Hacen falta más Peraltas, Márquez, Layúns, Gullits, Jiménez, en el Tri?
2.- ¿O en realidad estos cinco mencionados no merecen el maltrato de ser agregados, mancillados, por arrejuntarlos con los Gigolos haraganes mencionado antes?
¿Falla Vucetich? Hay cuestionamientos. Es un técnico ganador que carece de la magia divina del Sermón de la Montaña.
No ha conseguido que los ciegos vean; ni que los mudos hablen: ni que los sordos oigan, y menos aún que los parapléjicos de piernas y espíritu, corran. ¿Y eso quién puede hacerlo?
Vucetich lo sabía. Su primer trabajo estaba ante el diván, donde reposaban los muertos en vida. Cierto, a Vucetich nadie le advirtió sobre zombis, sino sobre futbolistas en hibernación de su propia renuncia a sus deberes.
Miguel Herrera ha aprendido a tratar al jugador en crisis. Él fue un futbolista en constantes crisis por su propio temperamento.
El futbol ahí está, intacto, pero hay que meterse en las profundidades de cabecitas aterrorizadas y vencidas; hay que hurgar con fruición en las almas atormentadas de jugadores que casi están convencidos que las cabalgatas victoriosas de 2011 y 2012 son un espejismo, un sueño lejano, una hazaña de otros, un milagro de terceros, una epopeya ajena.
Y entonces, el diagnóstico del psicólogo de Pumas y a veces del Tri, Octavio Rivas, dado con su voz ladina y su agridulce temperamento, cobra más vigencia que nunca.
"Péééééérate, son mexicanos. Estos son distintos, Estos piensan al revés", explicaba.
Entre esta verdad en lenguaje populachero y la del arcano del yo mexicano, Octavio Paz, no hay mucha diferencia en el fondo: "El mexicano teme más a la victoria que a la derrota¨.
