Urge a Osorio más el diván que la libreta

LOS ÁNGELES -- Juan Carlos Osorio ha tomado más notas en una semana que las que tomaron todos los anteriores técnicos del Tri juntos.

Respeta la jaculatoria de su padre: "Es mejor un lápiz corto que una memoria larga", y por eso anota en rojo y azul los extremos que debe tocar ante sus jugadores en la cancha de futbol y en el vestuario.

Meticuloso, quisquilloso, sabe que los pequeños detalles pueden ser piedras angulares de grandes avances.

Y con su lapicito con la punta bien afilada, como quijotesca lanza en ristre, este Hidalgo Caballero criado en Pereyra se lanza contra los molinos de viento del escepticismo y los malos augurios del futbol mexicano, con su Pompilio Páez escudero, al que advierte: "Ladran Sancho, señal que cabalgamos".

Ser laborioso, estudioso y trabajador son vacunas efectivas contra el fracaso, aunque tampoco son garantías de éxito, pero se está más cerca de él.

Más allá de sus afanes por el divorcio exprés con sus contratos y sus equipos, de la melosa y meliflua forma poco dicharachera de explicarse, Juan Carlos Osorio goza de un amparo intocable, pero impreciso: los resultados hablarán más fuerte y más claro y más conciso que sus propias reflexiones.

Con una retórica suntuosa, ya definió al jugador mexicano. Con una clasificación de tipo nutriólogo en un simposio de Weight Watchers, habló de Fibra 1A y Fibra 2B.

Al futbolista mexicano, Osorio le dijo correlón y resistente, sin deslizarle el privilegio del talento.

Términos insistentes como ese de fibra, como si estuviera en una asamblea de constipados, recurrió al delicioso subterfugio de algunos médicos, que para diagnosticar anginas, pomposamente pontifican: "Tiene una amigdalitis estreptocócica en las palatinas", y el paciente huye despavorido por un notario para redactar su testamento.

Igual ocurrió cuando Osorio habló de fibras clasificadas, como si fuera un problema de evacuación intestinal inmediata y no de futbol. Cuauhtémoc Blanco, desde su trono municipal debió decir: "Por eso les dije, coman frutas y verduras".

No hay nada nuevo. Nada que no se sepa. Desde hace años, en este espacio se ha sostenido puntual, y dolorosamente para algunos, el genotipo o el biotipo del futbolista mexicano.

Porque el jugador azteca ni es el más alto, ni el más fuerte, ni el más técnico, ni el más resistente, ni el más consistente, ni el de más temperamento, ni el más rápido, ni el más inteligente futbolísticamente, ni el más disciplinado, ni el más mañoso, ni el más habilidoso, ni el más talentoso, pero con lo poco que tiene de cada una de esas virtudes, le basta para poder competir con cualquiera, especialmente al amparo de un equipo, de un colectivo, de una conspiración e inspiración grupal.

Vamos, como se dice vulgar y pachangueramente en México: "no somos machos, pero somos muchos" y en ese tono de multiplicar esfuerzos y devociones, México ha superado a todas las selecciones insuperables, excepto el trauma del Quinto Partido, insisto, en mayúsculas, porque ya se convirtió en una monumento histórico a la incapacidad del futbol mexicano.

Más allá de lo anecdótico, folklórico y cachondo de su presentación, Osorio sabe que necesita ayuda de sus antecesores. Ojalá en verdad la busque.

Porque nos hemos cansado de escuchar a los técnicos en turno que han prometido encerrarse y charlar con sus antecesores. Ninguno lo hace. Hay esa petulancia convulsiva de sentirse dueños de la verdad absoluta.

Acaso, y sólo acaso, Miguel Herrera se acercó a Ricardo LaVolpe, pero únicamente por la amistad y la tutoría que existe.

Osorio debe escudriñar en la mente del futbolista mexicano. Es ahí donde podrá encontrar la mejor respuesta a su proyecto.

Lo habíamos comentado ya: Sven Goran Eriksson fracasó porque asumió que el jugador en el Tri no necesitaba de arengas especiales, como la vieja frase boxística de salir a partirse la cara "por la virgencita, la madrecita y el mánager".

Manuel Lapuente ha sido reiterativo y esa frase queda como anillo al dedo: "Al futbolista mexicano hay que hablarle cada día, todo el día, todos los días sobre el compromiso de ser seleccionado nacional".

Y no sólo hay que hablarle, sino que hay que saber hablarle. Como ejemplo, el 'Chepo' de la Torre les habló siempre con el discurso equivocado y lo repitió en Chivas, mientras que ahora Matías Almeyda ha descubierto esa veta maravillosa de motivar al jugador.

Osorio tendrá tal vez a dos poderosos socios: Andrés Guardado y Rafa Márquez, los dos más recientes capitanes del Tri.

Ambos son triunfadores en Europa, que, recordemos, llegaron a asumir roles determinantes con Miguel Herrera regresando de crisis. Al Mundial llega Guardado sin equipo y sin futuro y fue un jugador clave. Y Rafa Márquez, a testosterona pura, se ha convertido, tras el pasaje lastimoso en la MLS, en un veteranazo irremplazable.

La frase es muy recurrente, pero es una verdad histórica de Octavio Paz: "El mexicano le tiene más miedo a la victoria que a la derrota".

Ahí necesita ayuda puntualmente Osorio. Entender esa compleja cabecita del futbolista mexicano.

Dicen, quienes lo conocen, que evalúa por encima al ser humano que al futbolista. Tiene un punto a favor, pero ojo, saber que quiera hacerlo tampoco significa que sepa y pueda hacerlo.

Habrá dos pruebas inmediatas para valorar ese impacto de su mensaje. La primera ante El Salvador en el Estadio Azteca y la segunda ante Honduras en San Pedro Sula.