LOS ÁNGELES -- América no vale el boleto que se paga por verlo. Aburre. Desde hace cinco meses sostenemos que el Lavolpismo es ya un mellizo decadente de lo que tanto dijo alguna vez despreciar: el Lapuentismo.
De hecho, reitero, Ricardo LaVolpe depuró de manera inapetente y tosca, burda, los jeroglíficos de Manuel Lapuente. Hoy, ratifico, LaVolpe es más Lapuentista que Lapuente.
Pero, si en la cancha el apocamiento americanista es de un sopor que contradice la historia del equipo artesano del Ódiame Más, las estadísticas hacen un escandaloso barullo que despierta respeto.
En un escenario dramático de contingencia, con titulares lesionados, muchas enfermeras y sin podóloga, así y jugando feo, América cosecha 17 puntos de los últimos 21 posibles. Efectividad de un 81 por ciento en los últimos siete juegos. Amodorra, pero suma.
Curiosamente, parece, la derrota en el Clásico ante Chivas, le sentó bien. La sobajada ante el Guadalajara zarandeó a LaVolpe y sus rencores, y a El Nido y sus rencores. La soberbia se cura con el flagelo de la humillación. Desde entonces, hasta el Bigotón habla menos.
Con el desenlace fatalista y exponencial de lesiones, parecía que el América se encaminaba a la pendiente suicida del fracaso. Ibarra, Cecilio, Goltz, Samudio, Aguilar, Carlos Darwin, y otros más que entraban y salían del nosocomio o del congelador, parecían fragilizar al equipo. Lo dijimos entonces: mientras más se debilitaba, más se fortalecía. Un Rambo con anemia.
Cierto: con pantuflas, tecito de pasiflora, osito de felpa y en pijama, hay que presenciar los juegos de las Águilas, que recuerdan más a las cigüeñas azulcremas de Mohamed, que a las aves de certería que había con Miguel Herrera. La anestesia narcotiza vestida de amarillo.
Mientras se apoltrona en zona de Liguilla, sin renunciar a la cacería de los líderes, con 12 puntos y dos juegos como local pendientes, el América se regodea con la eficiencia mezquina del asesino perfecto: nueve goles le han dado 17 puntos. La economía productiva del bostezo.
Hay, más allá de esa tacañería obscena del pragmatismo del Neolavolpismo, dos situaciones de enaltecimiento en El Nido. Y ambas mérito del entrenador. La devoción inclaudicable de sus jugadores para ganar como sea y a quien sea, y la personalidad de los jugadores en hacer una rabiosa lid la pelea de cada pelota.
Sin duda, LaVolpe ha encontrado la verborrea o la elocuencia, para reclutar a jugadores que parecían dispersos en el arranque del torneo, al grado que en los tres primeros encuentros les hicieron ocho goles, y era fácilmente identificable la renuncia al sacrificio en el grupo.
Hoy, irónicamente, con menos hace más. Con menos prominentes millonarios en la cancha, hace más por las urgencias del equipo. Aunque eso sí, hace mucho menos, pero mucho menos, de ese futbol que prometió cuando llegó a El Nido: "ofensivo, espectacular, goleador", pero sus patrones y el americanismo, se quitan las lagañas de los 90 minutos con la vigorizante presencia en la Tabla General.
En un ascenso poderoso, en cifras, no en futbol, similar al de Tigres, el América hoy muestra un empaque amenazador rumbo a la Liguilla, esa fiesta final en la que sobreviven quienes llegan menos borrachos de elogios y más hambrientos de gloria. Y las Águilas vienen de un año del desahucio, de su año del indeCentenario.
Insisto: regalado es caro el boleto para ver 90 minutos de este anodino equipo. Pero, para la feligresía cautiva del América, lo preponderante es solazarse cada domingo por la noche al ver a su equipo un escalón más arriba en la tabla de posiciones. Es algo así como un sonambulismo triunfalistamente justiciero.
Dispuestos a la lucha, saliendo a la cancha con taparrabos y sin frac alguno, los insurrectos americanistas son amenazantes. Debe quedar claro que son más marciales combatientes, aunque menos legítimos futbolistas. Han hecho, bajo la consigna del Lapuentismo de LaVolpe, de cada juego, un desesperado acto de supervivencia.
En esa alza llena de brío y pujanza que significan los resultados, y que describe bien LaVolpe con su "se me resbalan las críticas", acaso como bálsamo único aparece, cuando no le echan montón como ante Puebla, el desparpajo del mozalbete ese, de Diego Lainez.
Así, amamantado por lo que tanto odió y criticó, por la escuela lapuentista, LaVolpe encontró la perfección burocrática del éxito, y ahora ya sin la obligación de incursionar en torneos distractores, es, sin duda un favorito incuestionable al título.
Eso sí, estoy plenamente consciente que si a mi, en lo personal, me hace babear de somnolencia este América, debe importarle a LaVolpe tanto eso, como el destino de la toalla percudida en aquel pasaje con la podóloga.
