LOS ÁNGELES -- Esa sensación de aquelarre. De Santos Óleos celestes. Ese ceremonial del harakiri. Ese ritual del escalofrío. Nomás, sí, nomás, porque es Cruz Azul.
Eran los estertores del minuto 93. Oswaldo Alanís con máscara de Zorro ortopédico, le pegó con una zurda ajena, y el balón se regodeó en el vuelo parabólico ante un Jesús Corona tan pasmado como cuando le avisaron en el Mundial 2014 que el titular sería Guillermo Ochoa. La pelota entró al ángulo. Matías Almeyda aplaudió. Paco Jémez era una gárgola del estupor.
Era, esa acuarela violenta de Alanís, el Chivas 1-2 Cruz Azul. Y entonces, ese estremecimiento funesto del pasado reciente, bueno, no tanto, como desde hace 20 años. Y súbitamente, esos espasmos calenturientos de angustia. Como caricia de suegra a lo largo del espinazo.
En la tribuna del Estadio Azul, a la hechicera Zulema se le hincharon los silicones superiores de orgullo. ¿Gracias a Zulema, traicionaba Cruz Azul a-su-lema? Porque segundos después, el árbitro, fustigado posteriormente por Chivas, terminaba el encuentro.
Cruzazulear pasaba a ser, de momento, un verbo que se podrá conjugar en pasado o en futuro, pero no en presente.
Obviamente Zulema y su protocolo de superchería no tienen nada que ver. La sacerdotisa, ni con sus encantamientos satánicos, pudo invocar una de las versiones más convincentes de Cruz Azul. De ser así, Catemaco, Tateposco y Zapotiltic, ya habrían sido campeones del mundo.
Se había advertido ya puntualmente: los futbolistas de Cruz Azul iban a dar la mejor exhibición del torneo. Y ocurrió. El salario del miedo y el miedo del salario.
Se había puntualizado que el cinismo centavero, la desvergüenza asalariada, iba a ser el motor que estremecería la voracidad alquilada de cada uno de los futbolistas. Ellos lo sabían, y lo ratifican, jugaron para salvar el contrato, para rescatar el pellejo. La prostitución del espíritu.
Patético es, incluso, que estos mercenarios de pantalón corto, festejaran la victoria como si fuera el bálsamo, la indulgencia, la absolución de un torneo cargado de mezquindad, de decepciones, de fracasos. Festejar así, es como un carnaval de asaltantes.
Es claro que la afligida, abnegada, burlada, afición cruzazulina puede regodearse de ese dedazo de miel entre tantos sopetones de hiel durante 20 años. Pero que el autoengaño no sea eterno.
¿O acaso por vencer a un Chivas desvencijado por lesiones, una expulsión y un penalti no marcado, es motivo para que se perdone, se absuelva y se reinstale a los facinerosos azules en un altar de reverencia? Los aficionados que así lo hagan bien merecen otros 20 años de sequía.
Chivas incluso colaboró a su muerte. Consumó un acto de audacia temeraria. Con el 1-0 y un hombre menos, mantuvo la fe en darle la vuelta al resultado. En el pecado de valentía, entregó la espalda para la segunda puñalada.
Así, el Guadalajara fue una víctima propiciatoria, por ausencias importantes y la expulsión de Ponce, cuando enfrentó a una caterva de fariseos caraduras, que decidieron ofrecer los mejores -¿y únicos?- dignos 90 minutos del torneo.
Para los filibusteros oportunistas, con apetito de hienas, insisto, era rescatar o la renovación del contrato o la permanencia en el equipo. Cruz Azul, para ellos, no es una institución sino una ubre dolarizada.
Muy simple: todos, absolutamente todos los mercenarios no nacidos en México saben, y lo saben de sobra, que en ningún equipo, de ningún país de Sudamérica, van a pagarles, siquiera, la mitad de lo que esquilman, de lo que hurtan, puntualmente, cada quincena, incluso con engaños fiscales, en Cruz Azul.
Y emplazo a los escépticos, incrédulos y recelosos, a que aguarden pacientemente el desenlace del próximo fin de semana, cuando estos mismos indigentes del profesionalismo, comparezcan en Pachuca.
