La salud financiera no lo es todo y MLB necesita cambios urgentes

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Las Grandes Ligas gozan de una salud financiera envidiable. Sus ingresos de diez mil 300 millones de dólares en el 2018, según reportó la revista Forbes, son mayores que el Producto Interno Bruto anual de muchos países.

Son ya 16 años de crecimiento económico consecutivo y por segunda ocasión seguida se supera la barrera de los diez mil millones, pero...

No todo lo que brilla es oro y detrás de esas montañas de dinero se esconden cosas que deberían preocupar.

La asistencia a los parques cayó en un cuatro por ciento y allá quien se crea la justificación de que se debió al mal tiempo que hubo en las primeras semanas de la temporada o a que los Miami Marlins y los Toronto Blue Jays dejaron de inflar globos con sus cifras.

Las bajas concurrencias por el mal clima de los primeros días (error comenzar la campaña tan temprano) significarían un número ínfimo en el total 2,430 partidos que componen la temporada regular.

¿Y qué hay de los bajos ratings televisivos de la postemporada, incluida la Serie Mundial que contó con dos de los equipos más emblemáticos y con mayor cantidad de seguidores en el planeta Béisbol?

Lo cierto es que el mundo -y el béisbol como parte del mismo- se encuentra en un punto de quiebre generacional dependiente de las nuevas tecnologías, por lo que se imponen cambios más o menos drásticos para atraer a nuevos fanáticos.

Urge acelerar lo más posible el ritmo del juego y nadie debe tener miedo a ciertos cambios.

El año pasado, cuando se limitó a seis el número de visitas al montículo, hubo quienes pusieron el grito en el cielo y al final se demostró que tantos viajes a la lomita para conferenciar con el lanzador eran realmente innecesarias.

Colocar un reloj para los serpentineros entre pitcheo y pitcheo no es una mala idea, como tampoco lo es establecer en Grandes Ligas la regla conocida internacionalmente como nocaut beisbolero, que pone fin a un partido cuando un equipo termina el séptimo inning con una ventaja de diez o más carreras.

Las probabilidades reales de que un conjunto remonte una desventaja tal a esa altura del juego son prácticamente inexistentes, pues la última vez que ocurrió fue en agosto de 1990, cuando los Philadelphia Phillies le dieron vuelta al marcador ante Los Angeles Dodgers.

Una medida imprescindible sería también recortar la pausa entre innings, que ahora depende exclusivamente de la televisión, pero esa sería más difícil de llevar adelante, pues ello implicaría menos anuncios comerciales y todos sabemos que "billetera mata a galán".

Y si se quiere atraer a más aficionados, no debe complicarse más un juego de por sí complejo, con cifras y estadísticas incomprensibles para la mayoría de los mortales.

En eso ayudaría el juzgar las actuaciones de los peloteros por los datos tradicionales, pues la gente no va al estadio por el WAR, el BABIP, el OBP o el OPS de tal o más cual jugador, sino a ver jonrones, ponches, carreras y fildeos.