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La última parada de Jose Mourinho

Aislamiento deliberado. Pequeñas peleas. Agitación constante. El entrenador del Manchester United no podría ser de otra manera.

Este es un contenido de ESPN FC.

José Mourinho está solo.

Es una tarde de un martes de septiembre. Mourinho está sentado en un banco recubierto de tela frente a una ventana en el tercer nivel del Hotel Lowry en Manchester, Inglaterra. Sus coaches ponen en orden bultos y carpetas. Sus jugadores recogen sus bolsas de tocador. Un nivel más abajo, en el bar del hotel un nutrido grupo de personas celebran con energía festiva antes de la hora de la cena (¡feliz cumpleaños, Maureen!) Afuera, el autobús del Manchester United está encendido, rodeado por varias docenas de fanáticos que esperan alcanzar a ver a alguien famoso.

Mourinho espera. Siempre se ve pequeño al lado de sus jugadores (prefiere a los más altos que pueda encontrar) pero aun si no fuese así, con la pierna izquierda cruzada sobre la derecha y las manos detrás de su recortada y grisácea cabellera, su delgado y fuerte marco de 5'9" de estatura luce como una paleta enfundada en ropa de calentamiento.

Un policía privado está parado frente al elevador. Un huésped del hotel, que claramente apretó el botón equivocado, intenta salir del elevador pero lo detiene la gruesa mano del policía. El individuo levanta la mirada e inmediatamente reconoce a Mourinho. Le grita, "¡dales duro, José!" y sonríe. La expresión de Mourinho es como si hubiese probado leche amarga. No se mueve. No está mirando su teléfono. No está revisando periódicos. Está sentado, consigo mismo, mirando a la nada.

El elevador vuelve a abrirse. De él salen tres miembros del personal de Manchester United. La hora ha llegado. Mourinho todavía no se mueve. Transcurren varios instantes. El personal intercambia posiciones de modo incomprensible. Finalmente, Mourinho se incorpora. No pide disculpas por la situación. Solamente los mira y se dirige hacia el autobús.

Hay otro partido esta noche. Otro juego, otro espectáculo, otro referendo en tiempo real del carnaval que encarna uno de los más grandes (y polarizantes) estrategas en la historia del futbol mientras dirige a uno de los más grandes (y más polarizantes) clubes del mundo hacia un caos casi diario. Su club de $385 millones está en sexto lugar, ha perdido contra Brighton y Tottenham, y aun antes del Día de Acción de Gracias sabe que prácticamente no tiene oportunidad de ganar el título de la Liga Premier. (Perderían luego también ante West Ham). Esta es la vida de Mourinho ahora. Ocupa un asiento del autobús hacia el lado derecho, al frente. El asiento a su lado está vacío.

Poco tiempo después, en Old Trafford, el Teatro de los Sueños, el estadio donde Manchester United celebra sus 20 títulos de liga y 12 FA Cups, Mourinho observa a sus jugadores anotar un gol temprano en partido de la Copa de Liga contra el Derby County, de segunda división. Mira a su exjugador Frank Lampard, quien ahora dirige al Derby, guiar a los desfavorecidos visitantes hacia el empate y de repente, inesperadamente, irse al frente por un gol. Cuando Manchester United anota un improbable gol de igualar el marcador en los minutos extra del segundo tiempo, Mourinho levanta el puño desde las líneas.

Durante la correspondiente tanda de penales, Lampard enlaza brazos con sus coaches y jugadores; todos enfrentan juntos la presión. Mourinho se coloca detrás de su equipo, sin compañía, dando pasos y frecuentemente mirando hacia otra dirección distinta al arco donde se ejecutan los tiros.

Derby gana. El pequeño doma al grande. Los fanáticos de Manchester United abuchean (nuevamente). Mourinho acude a una breve entrevista de TV (nuevamente). Mourinho hace un comentario poco elogioso sobre uno de sus jugadores (nuevamente) y estalla (nuevamente) otra controversia en redes sociales.

Cuando todo ha concluido, y servilletas de papel arrugadas revolotean por un vacío Sir Matt Busby Way, Mourinho y sus coaches permanecen durante horas en el interior del estadio. Estan sentados en la oficina de Mourinho y revisan reportes de escuchas y hojas tácticas. Hablan sobre los jugadores y el próximo partido. Diagraman estrategias.

“Jose (Mourinho) está acostumbrado a ganar. Y cuando no gana, es un poco más difícil vivir con eso.”

- Ricardo Carvalho

Ya es pasada la medianoche, más cerca de la 1am, cuando Mourinho regresa al Lowry. El bar está tranquilo. Los fanáticos y los policías de alquiler ya se marcharon.

Mourinho, de 55 años, ha entrenador al Manchester United por más de dos años ya, pero el Lowry, un hotel renovado pero un tanto avejentado, sigue siendo su hogar. Pep Guardiola, el coach catalán del Manchester City y por largos años el némesis de Mourinho, ha acogido el norte de Inglaterra como su lugar de residencia, ha abierto un restaurante en Manchester y se estableció en un apartamento en el centro de la ciudad. Mourinho se ha resistido. Su esposa e hijos viven a 200 millas de distancia, en la residencia en Londres a la cual se mudaron durante los días de Mourinho con el Chelsea. Rara vez viajan a Manchester.

Rui Faria, por mucho tiempo el asistente de Mourinho, solía vivir también en el Lowry pero renunció en mayo. Faria deseaba estar junto a sus hijos, y finalmente labrarse su propio camino. Mourinho y Faria trabajaron juntos durante 17 años, y el primero ha comentado a personas de su confianza cuánto extraña a Faria.

Mourinho recorre caminando el vestíbulo del hotel. Está tranquilo. Sin familia. Sin un mejor amigo. Con un equipo que no puede ganar lo suficiente. Un grupo de jugadores que no quieren escuchar lo suficiente o, quizás, están cansados de lo que escuchan. El empleado del hotel que limpia los pisos le regala una tenue sonrisa a Mourinho al pasar por su lado.

Mourinho se acerca al elevador para subir. A su cuarto. Al servicio de los pequeños macarrones en un plato de porcelana china. A las cómodas zapatillas blancas envueltas en plástico. A la vista del rio detrás de las cortinas que suelen permanecer cerradas.

La luz se enciende. La campana suena. Las puertas se cierran. José Mourinho está nuevamente solo, y la pregunta le persigue nuevamente mientras el elevador asciende.

¿Es así como luce el final?


Mourinho y el Manchester United han tenido un difícil comienzo de temporada, pero uno siente que las luchas dentro del club son mayores que las que son evidentes cada vez que entrar al terreno. Paul Ellis/AFP/Getty Images

La diferencia entre la soledad y estar solo son los tres puntos de cada fin de semana, y durante la mayor parte de su carrera Mourinho ha estado aceptado de buena gana, si bien no con la intención, de distanciarse a sí mismo de los demás.

Lo hace por sí mismo. Su apodo no es "El Colaborador Especial" o "El Delegador Especial". Es "El Especial" -único- y Mourinho acogió esa designación mientras acumulaba títulos en Portugal e Italia y España e Inglaterra como prueba inequívoca del concepto.

Incluso estableciendo esa separación con respecto a los demás, siempre hubo una afinidad entre Mourinho y sus jugadores. La alimentó, la cuidó, la trabajó, de modo que permitiera a los jugadores creer que eran -bueno, no sus iguales, no. Jamás. Pero socios en algún grado. Sentían que importaban.

Cuando Mourinho dirigió al Chelsea en su primera etapa, de 2004 a 2007, hubo una noche en que el equipo se hallaba en el autobús tras vencer al Blackburn Rovers, recorriendo el camino hacia el aeropuerto para un tardío vuelo de regreso a casa. Chelsea recién había contratado a una nueva nutricionista para el equipo, y ella se aseguraba de que los jugadores se aferraran con intensidad a sus dietas. Mientras el autobús recorría el camino, la nutricionista preparaba comidas saludables para los jugadores.

John Terry, el defensor y líder del Chelsea, caminó por el pasillo y se detuvo frente a Mourinho. El entrenador levantó la miorada. "Creo que los chicos necesitan una pequeña recompensa", dijo Terry, y Mourinho asintió. Mañana había un día libre, respondió, no había nada que hacer excepto un trabajo de regeneración y ...

Terry intervino. "Necesitamos una pequeña recompensa", dijo apuntando hacia la parte posterior del autobús. Mourinho le miró, vio a la nutricionista, pensó por un momento y preguntó: "¿Comida china o pescado frito con papas fritas?", Terry sonrió.

Momentos después, tras un rápido sondeo entre jugadores, Mourinho instruyó al conductor del autobús a desviarse. Un entrenador del equipo fue asignado a pedir las órdenes junto a varios otros. Diez minutos más tarde, el bus reanudó la marcha. En la parte trasera, la nutricionista no ocultaba su coraje; al frente, Mourinho se reía animadamente, observando a sus jugadores deleitarse con el bacalao frito y papas fritas.

"Parte de su aura, de su personalidad, era cuando se sentaba junto a nosotros y nos relajaba de inmediato", dijo Lampard, quien jugó cinco temporadas bajo la directriz de Mourinho. "En ese tiempo él creó una atmósfera realmente de familia, lo que a mi juicio fue algo brillante. Fue tan mágico como cualquiera de sus creaciones tácticas".


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José Mourinho vs. Paul Pogba, bajo la lupa

En la mesa de FDJ debaten sobre el futuro del DT del Manchester United y las expectativas que existen alrededor del futbolista francés con los 'Red Devils'.

Es eso lo que hace tan extraño este nocivo capítulo con Manchester United. Resultados tibios con un equipo como United siempre van a inflamar cualquier situación, pero la verdadera gasolina en este caso ha sido la relación de Mourinho con su equipo.

Tampoco ha sido sencillamente mal humor. Esta vez corre más adentro; se siente visceral. La miseria en el rostro de Mourinho, su mirada muerta. En ocasiones parece que ni tan siquiera soportara a varios de sus propios jugadores.

Probablemente -¿probablemente?- sea una exageración. Pero, con Mourinho, las heridas son profundas. En una de sus columnas de días de partido, lo que generalmente es una oportunidad para que los estrategas viertan ramos de flores verbales, Mourinho escribió a los fans del United que, en su opinión, sus amados jugadores recientemente habían perdido su "dignidad" debido a sus actuaciones.

Jóvenes figuras de la talla de Marcus Rashford y Anthony Martial son blanco constante de los dardos de Mourinho, quien a principios de año fue interrogado sobre la floja actuación de la dupla, que actuaba en sustitución de Romelu Lukaku. En vez de defenderlos o desestimar la pregunta, expresó: "Durante 10 meses se me ha preguntado: '¿Por qué siempre Lukaku? ¿Por qué siempre Lukaku?' Ahora saben por qué".

Se podría pensar que las puyas verbales de Mourinho tienen un propósito. Amor rudo, digamos, o un intento de darle a los jugadores en ascenso un poco más de presión. Sin embargo, ¿cómo explicar el comportamiento de Mourinho tras sufrir la derrota a manos del Derby, sellada cuando Phil Jones falló un penal?

Después de salir corriendo del terreno (y colocar su brazo alrededor de Jones por breve tiempo), Mourinho dijo, con expresión gélida, que a medida que se desarrollaba la tanda de penales "sabía que estaríamos en problemas" una vez quedó claro que Jones cobraría un tiro.

Y ese incidente, tanto como cualquier otro, ha llevado la dinámica entre Mourinho y sus jugadores al nivel de una caldera tóxica. Durante la misma semana, Mourinho le quitó a Paul Pogba sus chatarreras de vice capitán, porque el técnico consideró que los comentarios mediáticos de Pogba con respecto a la carencia de estilo de ataque del United fueron muestra de inmadurez y egoísmo. Igualmente, han surgido reportes de sus constantes críticas a Antonio Valencia, capitán del equipo, por no haber asistido al encuentro contra el Derby, a pesar de que Mourinho le había dado la noche libre.

Jones. Pogba. Valencia. No se detiene nunca. A criterio de los ligados al club, se siente que Mourinho se inquieta con todo (y con todos) los que se pongan frente a él.

Todo termina viéndose mal. Pero el comentario sobre Jones, para aquellos que conocen bien a Mourinho, deja una cicatriz muy diferente. Se trata de un Mourinho más mezquino, más enfadado. Un Mourinho que destruye a punta de palos en vez de ser calculador, que humilla a uno de sus jugadores, en vez de hacer una declaración aferrada a sus principios.

"Las otras cosas tenían que ver con respecto al equipo, o como manejarlo: eso es típico de José", dice un veterano colega de Mourinho y que compartió con él en uno de sus clubes anteriores. "Quizás no sea de tu gusto, pero tiene sentido, al menos dentro de su mente".

"Ahora, ¿lo de Jones?", prosigue el colega. "Eso hizo que todos se detuvieran. Fue otra cosa. Fue algo malintencionado, puro y simple".

José Mourinho siempre está peleando con alguien, ya sean con sus propios jugadores o con los medios. Su tercera temporada en un club ha sido una batalla total. Martin Rickett/PA Images/Getty Images

EXISTE UN VIEJO ADAGIO que habla de lo inútil que es regar la cosecha del año pasado, pero...

En el caso de Mourinho, todo el cuento tiene que ver con la cosecha del año pasado (y del año anterior y del otro). Siempre es lo mismo con él, siempre es el mismo relato que hemos escuchado antes. Los giros y volteretas vividos en las estadías de Mourinho como técnico en equipos grandes son la versión futbolística de una franquicia de películas de horror: Sí, claro, esta vez podría ser "Halloween" en vez de "Martes 13", pero todos saben cómo va a terminar. En algún momento (probablemente muy pronto), vendrán los gritos.

Antes de los gritos, viene el crescendo de la trama. Y si bien los detractores de Mourinho tienen problemas en admitirlo, su ascenso ha sido innegablemente extraordinario.

Piensen en ello: Mientras crecía en Setubal, Portugal, Mourinho idolatraba a su padre, quien era futbolista. Pero el joven José es un talento de nivel medio y, de todos modos, su madre quiere que asista a la escuela de economía. Sin embargo, Mourinho ama el deporte y se convierte en profesor de educación física y entrenador local. Su gran oportunidad llega en 1992 cuando Sir Bobby Robson, la estrella inglesa, asume la dirección técnica de un club portugués y necesita de un intérprete.

Mourinho, quien es políglota, consigue el puesto. Aprende del oficio con Robson en Portugal y le sigue cuando Robson pasa al Barcelona. Tras la partida de Robson del club culé, Mourinho permanece empleado por los blaugranas bajo las ordenes de Louis van Gaal, el maestro holandés. En el año 2000, Mourinho vuelve a Portugal y para el 2002 ya está liderando el banquillo del Porto.

Allí, sorprende al mundo al ganar la Copa de la UEFA en 2003 y de forma excepcional, el título de Champions en 2004, poniendo de cabeza a la aristocracia continental, llevando a un club portugués a superar a los grandes de Inglaterra, España, Alemania y Francia. Con apenas 41 años, Mourinho es puro Hollywood: estilo desenfadado, agudeza con las palabras, mirada encendida. Y su filosofía es revolucionaria. Su táctica es reconocida por todos.

"Hacía que uno quisiera cruzar muros por él, porque tenía tanta calidad", dice Benni McCarthy, delantero que jugó para Mourinho en el Porto. "Recuerdo que fue a mi habitación la noche antes de jugar contra el Manchester United en la Champions League y me dijo: 'Sé que tu juego de retener el balón es muy bueno. Aunque en este partido, enfrentándote a Gary Neville y Wes Brown, tienes que jugar corto y soltar por detrás porque detestan correr hacia su propia área".

McCarthy se ríe. "Anoté dos goles y después del segundo, me acerqué a la línea y me dijo: '¿Tuviste un partido de porquería?' Le pregunté: '¿Cómo lo supiste?'. Me abrazó y dijo: 'Es mi trabajo'".


En ninguna parte es más evidente el estrés de José Mourinho que en su relación con Paul Pogba. Sus peleas han sido una distracción significativa en esta temporada. John Peters/Man Utd/Getty Images

La estrategia completa de Mourinho, desde el comienzo, busca incomodar al otro equipo. Al rechazar seguir el camino tradicional de meter a sus jugadores dentro de esquemas ofensivos, la misión de Mourinho es dominar el partido impidiendo todo lo que su rival intente hacer. En vez de involucrarse en un duelo de 90 minutos, buscando el empuje necesario para anotar, el objetivo de Mourinho es ir apretando la garganta del otro equipo hasta que, de forma lenta pero segura, el enemigo termina asfixiado.

"Como técnico, en esos tiempos probablemente se adelantó un poco al resto", afirma Steve Clarke, quien laboró bajo las ordenes de Mourinho en el Chelsea.

Aunque las estrategias de Mourinho también funcionan. Pasó del Porto al Chelsea en 2004, donde asume las riendas de un equipo que no había ganado un título de primera división en medio siglo y se alza con el campeonato de la Premier League en su primer año, imponiendo un récord de menor cantidad de goles permitidos en una misma temporada. En el Inter de Milán, ganó dos scudetti y otra Champions League. Con el Real Madrid, se hizo acreedor de la primera Copa del Rey para los merengues en 18 años, ganó el título de liga española, alcanzó las semifinales de Champions y se convirtió en el primer técnico en la historia en ganar títulos de liga, copa, súper copa y copas de liga en cuatro países europeos.

"Le encanta un equipo bien organizado", afirma Ricardo Carvalho, quien jugó para Mourinho en tres clubes distinto. "Eso es lo que siempre recordaré de él: la forma cómo nos gritaba para asegurarse de que no dejáramos abierta brecha alguna".

Es una asombrosa cadena de éxitos y si bien otros entrenadores han ganado más títulos, ¿no deberían aquellos técnicos que incursionan en el fútbol mundial y ganan tras cruzar fronteras ser considerados en un nivel distinto?

El Mourinho de principios y mediados de su carrera futbolística hacía eso. Ganaba. Muchísimo. Asumió con gusto el rol de rebelde del fútbol, figura parca y provocativa que se ufana de ser prodigio y charlatán, todo a la vez.

Le encanta ser conocido como "El Especial", llama al técnico del Arsenal Arsene Wenger "especialista en fracasos" y dice que los jóvenes jugadores "son como los melones: solo cuando los abres y pruebas, estás ciento por ciento seguro de que el melón es bueno".

Se lamenta de que ciertos jugadores usan cortes de pelo al estilo "Rastafari", sugiere que George Clooney debería personificarlo en una película, especula que Dios "debe pensar de verdad que soy un tipo grandioso", dice que la verdadera presión la representa "la fiebre aviaria... no es divertida y le tengo más miedo que al fútbol" y en un monólogo particularmente abstracto, explica que su equipo diezmado por las lesiones pero altamente costoso es "como tener una cobija demasiado pequeña para tu cama. Halas la cobija para mantener abrigado el pecho y se te salen los pies. No puedo comprar una cobija más grande porque el supermercado está cerrado. Pero la cobija está hecha de cachemira".

Igualmente, Mourinho exige control incondicional. Sus informes de evaluación en cada partido son tan extensos que, según recuerda un exjugador, "ni siquiera caben debajo del asiento del auto" (sitio donde, debemos decir, algunos futbolistas poco adeptos al análisis estadístico los terminan arrojando). Se inclina por jugadores experimentados y predecibles en vez de otros más jóvenes que podrían tener mayor potencial, pero son erráticos. Gusta de jugadores talentosos que aún no han alcanzado el súper estrellato, porque es más fácil amoldarlos a la voluntad del técnico.

En pocas palabras: Mourinho es, tal y como lo describió un excolega, "una zona de guerra ambulante". Y lucha batallas constantemente, regodeándose en las cualidades restauradoras del conflicto, incluso mientras explotan.

A veces, el objetivo es un entrenador rival (Wenger, Rafa Benítez). A veces, es el presidente de su propio club (Roman Abramovich, Florentino Pérez). Ocasionalmente (o frecuentemente, para ser honestos) se descarga con uno de sus jugadores (Pedro León, Juan Mata, Iker Casillas, Kevin de Bruyne, Bastián Schweinsteiger... ustedes entienden).

En el caso de Casillas, leyenda de la selección española, Mourinho piensa que el capitán del Madrid es desleal por intentar una tregua con Xavi del Barcelona en medio de un Clásico ibérico que se tornaba cada vez más conflictivo. Por ende, Mourinho le gritó a Casillas en frente de sus compañeros y se refiere en forma despectiva a él como "el arquero" en vez de usar su nombre.

En lo que respecta a León, Mourinho decidió que su actitud no era lo suficientemente humilde. Entonces, ataca constantemente a León y según un artículo publicado en el diario inglés The Guardian, le dijo a León en una ocasión que no jugaría el próximo partido de su equipo, ni que el avión que trasladaba a sus compañeros se estrellara y todos a bordo fallecieran.

No sorprende entonces que este estilo no es del agrado de todos. Mourinho aspiraba algún día convertirse en técnico del Barcelona, donde tuvo una gran experiencia formativa como joven entrenador. A pesar de ello, en 2008, cuando el club catalán tuvo la cotizada vacante, contrató a Pep Guardiola en vez de Mourinho.

Fue una decisión sencilla y el razonamiento tras ella fue claro. Ferrán Soriano, alto ejecutivo del FC Barcelona en dicho periodo, explicó la elección del equipo de la siguiente forma para el libro "Prepárense para perder" (traducido al inglés con el título "The Special One") escrito por el periodista español Diego Torres: "Mourinho es un ganador", dice Soriano, "aunque, para buscar la victoria genera un nivel de tensión que se convierte en un problema. Es un problema de su elección... (y) no queríamos ese problema".

Es un problema de su elección..


La forma en que José Mourinho trató a Phil Jones, a la izquierda, después de su derrota en la Copa Carabao contra Derby fue más allá de su habitual forma de criticar públicamente a sus jugadores. Martin Rickett/PA Wire/AP Photo

DE FORMA CASI UNÁNIME, quienes conocen a Mourinho dicen que el cambio en su personalidad se inició durante su crisis en el Madrid y se cristaliza en su segunda oportunidad con el Chelsea; una transformación tan notable que, en las palabras de un exjugador, la versión actual de Mourinho "no es el técnico para el cual jugué".

¿Qué cambió entonces? Pues bien, todo y nada. En mayo de 2012, dos semanas después de haber ganado la liga española con el Real Madrid, Mourinho firma una extensión contractual por cuatro años y es considerado como el futuro de los gigantes españoles, para luego quemarse de manera espectacular: tras haber chocado con Casillas y Sergio Ramos, se rasga las vestiduras por el surgimiento de Guardiola y el Barcelona como estandartes del fútbol actual y carga contra su jefe Florentino. Hasta arremete contra su estrella Cristiano Ronaldo, de 27 años y en la cumbre de su carrera, diciendo que Ronaldo "quizás piensa que lo sabe todo y que el técnico no puede mejorarle más".

En menos de un año, Mourinho deja el Bernabéu, pero resurge rápidamente para asumir el mando del Chelsea por segunda ocasión, donde logra ganar más odios. Alcanza algunos éxitos (un título de liga en su segunda temporada), pero terminan siendo opacados por una cadena interminable de actos erráticos que rayan en lo paranoico: quejas contra los árbitros hasta presuntos actos de discriminación sexual ocurridos en 2015, cuando la médica del Chelsea Eva Carneiro acusó a Mourinho de haberla llamado "hija de perra" tras correr a la cancha para impartir tratamiento a un jugador lesionado del Chelsea sin haberle consultado primero. El caso fue objeto de un arreglo extrajudicial, pero sigue siendo ejemplo fundamental de lo que es percibido por quienes rodean a Mourinho como una búsqueda incesante de culpables.

Tomen en cuenta lo siguiente: Una semana después del episodio con Carneiro, Mourinho sorprende al vestuario al sustituir a Terry, el veterano defensa central y perenne jugador durante los 90 minutos, durante el descanso de un partido: movimiento que, según un miembro por largo tiempo del staff del Chelsea, parecía desprender que "si José no podía pelear con la médica, peleará con el capitán".

Choques con un líder del equipo. Descargas contra el staff del club. Una fractura con la joven súper estrella del equipo (en esta ocasión se trataba de Eden Hazard). La actitud a la defensiva de Mourinho se hace tan intensa que éste comienza a exigir aprobar cualquier clase de contenido antes de su publicación en el sitio Web del Chelsea.

En 2016, Mourinho firma una extensión contractual con el Chelsea, pero (deténganme si han escuchado esto antes) abandona el club pocos meses después, con los escombros de su estadía apilados sobre los restos de su ataque a metrallazos contra el Madrid.

"José: está acostumbrado a ganar", dice Carvalho. "Y cuando no gana, se le hace un poco más difícil vivir con ello".


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Mourinho: 'Tengo una buena relación con Pogba'

El entrenador del Manchester United negó tener problemas con el futbolista francés.

A PESAR DE TODO LO ANTERIOR: No puede tratarse de algo tan simple como perder, ¿o sí?

¿Puede ser??

Se suponía que asumir la dirección técnica del Manchester United sería un renacer de Mourinho, quien se hizo cargo del club en 2016, heredando un equipo que había (relativamente) languidecido desde el retiro de Sir Alex Ferguson, vagando por el marasmo de las épocas de David Moyes y Louis van Gaal. Mourinho, quien una vez fuera considerado el genio, se suponía transformaría al United y lo devolvería a la gloria entre los príncipes del fútbol.

No fue así. El United ganó la Europa League, torneo de segundo nivel, durante la primera temporada de Mourinho, lo cual ciertamente está bien, pero se sentía como premio de consuelo y era algo mucho más dramático cuando Mourinho lo logró con un equipo de la talla del Porto.

En la campaña anterior, el United terminó en el segundo puesto de la tabla de la Premier League, perdió en la final de la FA Cup y terminó eliminado de la Champions en octavos de final, con una demostración aburrida que fue abucheada por los impacientes hinchas del United, que evocaban aquellos días de ataque y fútbol incisivo de la época de Ferguson y no eran convencidos por las producciones herméticas, ceñidas al libreto y cuidadas hasta el último detalle por Mourinho, para frecuentemente terminar en empates. Sus jugadores se quejan también por ello. Este otoño, los resultados decepcionantes se acumulan y la desolación (y aislamiento) de Mourinho llegan a la cumbre.

Fuera de la cancha, Mourinho se refugia cada vez más en sí mismo. Faría ya no está y la existencia de Mourinho dentro de su habitación del hotel Lowry, con su familia a cientos de millas de distancia, se hace eterna. A pesar de estar hospedado en la amplia y lujosa River Suite, las paredes de cualquier hotel se estrechan y cierran. Tal como ocurre con muchas personas que pasan su tiempo a solas, la lista de quejas de Mourinho contra el mundo crece cada vez más.

Se asemeja a contar gotas de lluvia en un aguacero: los árbitros están en su contra. Los técnicos rivales son ingenuos o petulantes. Las selecciones nacionales no respetan las necesidades de los clubes. Durante un partido contra los Wolves en el Old Trafford, Mourinho fustiga a un paramédico sentado detrás del banquillo del United porque el jovencito pasó un balón que salió de la cancha a un jugador en vez de entregarla a Mourinho. Hasta el tráfico se convierte en un problema: en dos ocasiones, el bus del equipo se demora en llegar a los partidos por fuertes embotellamientos en ruta al estadio.

Durante uno de los trancones, Mourinho se colocó su suéter de capota y caminó el trayecto final hasta el estadio, en vez de permanecer sentado en el bus con sus jugadores: una hazaña notable, tanto por su novedad como por la forma en la cual permite que Mourinho se convierta en una metáfora en sí mismo. "Nadie me reconoció", dijo después del episodio.

Abundan las teorías con respecto a las causas que han llevado a Mourinho a esta situación y una de ellas (aportada por un amigo de Mourinho, debemos apuntar) alega que tiene mucho que ver con Guardiola.

Esta teoría, dice el amigo, se basa en la idea de que Mourinho, a pesar de su éxito, ha sido increíblemente desafortunado durante su carrera.


Una teoría sobre el estado de ánimo de José Mourinho es que ha sido excepcionalmente desafortunado al entrenar clubes grandes cuando Pep Guardiola tenía éxito en la misma liga. Glyn Kirk/AFP/Getty Images

Por extraño que pueda parecer, piensen en lo siguiente: Mourinho ha sido bendecido con dos de los empleos soñados del balompié mundial (técnico del Real Madrid y el Manchester United) y en ambas oportunidades, termina condenado en el peor momento posible; en gran medida, debido a la presencia de Guardiola.

En el primer caso, Mourinho se incorpora al Madrid en la cúspide de su periodo de crisis, situación agravada por el hecho que Guardiola y el Barcelona son tan innovadores y dominantes que algunos los consideran los mejores de la historia del fútbol. Después, con el United, Mourinho asume las riendas de un equipo inmerso en el letargo de la incoherencia (a pesar de haber disfrutado décadas de excelencia constante) y nuevamente se encuentra enfrentado a Guardiola, quien en esta ocasión es técnico del Manchester City: equipo con un historial terriblemente mediocre que ha terminado convertido, súbitamente, en potencia.

Con el City, Guardiola tiene el apoyo de propietarios ligados con la realeza del Medio Oriente, recursos económicos interminables y un modelo de negocios que define a un club moderno y de mentalidad progresiva. En el United, que tradicionalmente era el equipo grande de Manchester, Mourinho está literalmente caminando a solas hasta el estadio.

No existe un departamento moderno de operaciones deportivas en el United, no hay un equipo de análisis estadístico con amplia presencia o uno que maneje datos con mentalidad vanguardista. Solo hay un presidente, Ed Woodward, hombre de negocios en vez de ejecutivo deportivo. El United es, de muchas maneras, el mismo club que era bajo la conducción de Ferguson, quien se retiró en 2013.

"La estructura no es la apropiada para José", afirma el amigo cercano de Mourinho. "Por ello, se siente atacado. Y cuando José se siente atacado, alza los puños. Eso es lo que ocurre: camina con sus puños arriba todo el tiempo en Manchester".

Ciertamente, es una teoría compasiva con Mourinho, pero juega con la idea de que Mou, el eterno guerrerista, ahora se siente bajo ataque constante: Sus tácticas, antes revolucionarias, ahora son comunes. Sus técnicas motivacionales, antes impenetrables, no generan empatía con esta generación de jugadores jóvenes como lo hacían otrora. Ahora, todos tienen en sus manos extensos informes sobre el rival y el jugador moderno desea expresarse en la cancha, correr libremente y crear. Quiere armar jugadas.

Pogba y el resto de las estrellas de su generación no quieren ser manejados como títeres. A pesar de ello, Mourinho ansía seguir halando las cuerdas. Su imposibilidad de hacerlo lo ha dejado con una eterna nube negra a su alrededor, un resentimiento incansable que afecta cada aspecto de su trabajo.

"Ha pasado de ser una bola de energía en las líneas, alguien a quien todos querían ver y presenciar porque era tan atractivo, a convertirse en esta persona (este rostro) con tanta miseria en su gesto", afirma un excolega de Mourinho. "Y creo que los jugadores e hinchas se dan cuenta. ¿Cómo no darse cuenta?".

José Mourinho tuvo un éxito notable en el Chelsea, pero su paso el Real Madrid (un título de liga, una Copa del Rey) y en el Man United (una Copa Carabao y la Europa League) ha sido una decepción. Cesar Manso/AFP/GettyImages

EN SEPTIEMBRE PASADO, luego que el United es despachado por el Tottenham 3-0, Mourinho llega a la rueda de prensa posterior al encuentro y de forma algo extraña, responde una pregunta con respecto a los aficionados del United que habían abandonado el estadio temprano, alzando tres dedos de una mano, los cuales, según él, representan el score final, pero "también representan tres títulos de la Premier; y he ganado más títulos de la Premier League que los otros 19 técnicos juntos. Tres para mí y dos para ellos. Dos". Prosigue diciendo: "Así que, respeto, hombre. Respeto. Respeto. Respeto." Luego, abandona el proscenio.

Terminó siendo un gesto adoptado por Mourinho como tema recurrente. Mourinho utiliza el mismo ademán cuando el United deja escapar su ventaja jugando de visitante contra el Chelsea en los minutos finales y los hinchas de casa se burlan de él (quizás recordándoles que ganó tres trofeos de liga para su disfrute). Lo repite cuando el United pierde ante la Juventus en un partido de Champions en Old Trafford y los espectadores italianos le cantan (quizás para recordarles que ganó el triplete con el Inter).

Cada vez que agita esos dedos, Mourinho tiene una sonrisa burlona en su rostro, como si estuviera dando lecciones a esos aficionados que parecen haber olvidado sus habilidades de hechicero. Al principio, parecía algo audaz y hasta encantador. A la tercera ocasión, no es difícil preguntarse si Mourinho está siendo cegado por los recuerdos de su grandeza. Cuesta no sentir que el técnico se comporta de forma muy similar a la de aquél exjugador estrella del baloncesto que camina por las calles de su pueblo vistiendo su chaqueta de deportista colegial.

Es una transformación notable: Un hombre que pasó toda su carrera atacando fuera de la cancha (a pesar de mostrarse defensivo dentro de ella), súbitamente se ha convertido en alguien intensamente defensivo de su legado, sus métodos, su responsabilidad. Se queja de "la cacería de hombres" que le sigue, dice que llegará a ser considerado culpable del Brexit y hasta de la lluvia. Además, dice cosas que cuesta imaginarse capaz de haber expresado a principios de su carrera, tales como "en ocasiones, las cosas no están solo en manos del técnico", como llegó a decir cuando se le preguntó sobre el apagado espíritu dentro del United.

Cada semana, es algo distinto. Otro problema, otro desaire. Todo el aire que rodea a Mourinho termina tan plagado de toxicidad que su mera mención se siente venenosa.

Xabi Alonso, devoto defensor de Mourinho, no responde a los múltiples mensajes enviados para solicitarle una entrevista sobre su antiguo entrenador. Massimo Moratti, quien contrató a Mourinho en el Inter de Milán, declina hablar sobre él. Mismo caso de Carlos Carvalhal, quien estudió al lado de Mourinho para conseguir su licencia de director técnico.

Andre Villas-Boas, otro exasistente de Mourinho, escucha cortésmente una pregunta sobre Mourinho tras haber hecho contacto telefónico con él, para luego decir: "Prefiero no hablar sobre él" y pide disculpas antes de cortar la llamada.

Tanto Mourinho como ejecutivos del Manchester United declinaron nuestras solicitudes de entrevistas.

Antes de concluir el mes de octubre, Mourinho sugirió durante una conferencia de prensa que no tiene interés de convertirse en técnico de otro equipo, afirmando: "Quiero permanecer aquí hasta el último día de mi carrera. Y me gustaría quedarme hasta que mi contrato expire, también".

Por varios motivos, esa frase fue objeto de desconcierto público. Primero, de llegar a ocurrir, Mourinho sería técnico del United durante al menos cuatro temporadas, convirtiéndose en la estadía más larga de su carrera en cualquier club.

En segundo lugar, como es obvio, la frase de Mourinho parece suponer que su permanencia o salida del United sería algo de su elección. En una rueda de prensa previa a uno de los partidos de City antes de la Noche de Brujas, Guardiola (no podía ser otro) afirmó creer que sólo había cinco equipos con credenciales legítimas para disputar el título de la Premier League: el City, Liverpool, Chelsea, Tottenham y Arsenal. "No tengo duda alguna al respecto", indicó. Es otro recordatorio del hecho que el United, el club que puede duplicar en títulos de Premier League a cualquier otro en Inglaterra, ni siquiera es mencionado en el debate.

Ahora, ¿puede Mourinho originar una remontada importante? ¿Podría acaso cohesionar a un grupo de jugadores unidos en su contra, animar a una afición dividida con respecto a él y salvar una temporada que se siente perdida? Quizás. Aunque, si no puede hacerlo y termina abandonando Manchester, cuesta imaginarse qué ocurrirá después. En el pasado, siempre había un giro obvio, un camino claro. En esta ocasión, no es así.


¿Puede José Mourinho, a la izquierda, solidificar al Manchester United y volver a la ruta ganadora? Es posible, pero prepárate para muchos más baches en el camino. Martin Rickett/PA Images/Getty Images

Entre los grandes clubes europeos, el París Saint-Germain es un candidato obvio para hacerse con los servicios de Mourinho, pero el PSG ya cuenta con un nuevo técnico joven. Incursionar en Alemania de la mano de un club de la talla del Bayern Múnich nunca ha parecido una idea lógica. Muchos creen que Mourinho llegará un día a convertirse en seleccionador nacional de Portugal. Aunque, si a Mourinho no le gustó prestar a sus jugadores durante varias semanas tras disputar el Mundial el pasado verano, ¿cómo tolerará entonces tener control de sus jugadores por lapsos cortos alrededor de las dispersas fechas FIFA?

Quizás vuelva a Italia. O a Portugal. Posiblemente, termine en un sitio como China o el Medio Oriente en busca de un jugoso cheque. Quizás regrese al Real Madrid, que cesanteó a su técnico durante la presente campaña y está en busca de un sustituto permanente. (Un miembro de la directiva madridista, que habló con nosotros antes que el club se decidiera por un técnico interino, indicó que un regreso de Mourinho "es posible, aunque no probable").

Lo único que parece cierto es que Mourinho no desaparecerá. No abandonará el escenario de forma graciosa. No se marchitará. Disfruta mucho de esta lucha, ama demasiado la guerra, le gusta sostener esos tres dedos para así recordarle a la gente de dónde viene y lo que ha hecho. Esa es la razón por la cual sigue hospedado en el Lowry.

"El fútbol es su vida", dice Lampard, "y ha tenido tanto éxito. No creo que (alcanzar) tanto éxito hace que no desees conseguir más.... Pienso que (te motiva) a querer más".

Claro que sí. Y por eso, "El Especial" sigue en pie de lucha, persiguiendo. Por eso sigue trabajando. He ahí la razón por la cual, poco antes de las 8 de la mañana, al día siguiente de la triste derrota de Copa ante el Derby, con pocas horas de sueño, las disputas a flor de piel, la especulación desbordante y con cada vez menos crédito para permanecer en el United, Mourinho sale del ascensor. Camina por el lobby, abre la puerta de cristal del Lowry, baja por las escaleras y se desliza por el suave asiento trasero de cuero del auto sedán que le esperaba. Se dirige a Carrington, complejo de entrenamientos del United, para otro día de prácticas, otro día en la pista central del circo.

Es todo lo que Mourinho conoce. El auto comienza su trayecto y mira por la ventana. El asiento a su lado está vacío.

Sam Bordenes un escritor senior de ESPN. Trabajó anteriormente con The New York Times como corresponsal extranjero en París.