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Cartas desde Barcelona: Mientras no dimita Messi

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Pep Guardiola: 'Messi era como la guinda del pastel' (0:41)

El técnico catalán recuerda el momento en el que entrenó a 'La Pulga'. (0:41)

BARCELONA -- "Això es una casa de barrets". "Esto en una casa de sombreros", vendría a ser la traducción literal y "barrets" debería traducirse por locos. "Una casa de locos" en catalán. Una expresión muy arraigada en Cataluña y muy relacionada históricamente con el Barcelona. Ese Barça que en tiempos pretéritos tomó la consideración de "Más que un Club" y al que en estos tiempos de globalización cuesta, y no poco, mantener la esencia y la sustancia.

Lo sucedido desde el miércoles devuelve al escenario la casa de barrets. Desde que se conoció vía Twitter, anunciada por un periodista, la dimisión de Jordi Mestre como vicepresidente del Barça y la comunicación oficial de dicha renuncia por parte del club pasaron más de dos horas sin que nadie se atreviera a desmentir o confirmar el hecho. Y si eso fue el primer capítulo, el segundo, con Pep Segura en el papel protagonista, no fue menos curioso.

El manager deportivo dimitió primero y se mantuvo después en el cargo. Todo fue cierto y todo, a la vez, incierto. No fue un invento de la prensa publicar a media tarde la dimisión de Segura ni una rectificación publicar horas después que seguía, sigue, de momento, en el cargo. Solo Bartomeu, solo él, sabe la realidad íntima de qué ocurrió este jueves con uno de sus ejecutivos de mayor confianza en la parcela deportiva.

Se le cayó de manera sorprendente, aunque no del todo inesperada, un vicepresidente de confianza máxima y la marcha inmediata de Segura habría sido un golpe demasiado duro para su ya maltrecha popularidad. El presidente ha tomado la autopista en busca de la excelencia deportiva en cuanto a títulos sin reparar en gastos y sin atender a más proyecto que fichajes galácticos.

Fue De Jong, es Griezmann y pretende que sea Neymar. A estas horas ni se descarta que De Ligt acabe en el Camp Nou como en el Palau Blaugrana se espera a Mirotic, una vez fichados Abrines y Cory Higgins, ahijado de Michael Jordan y estrella indiscutible en el basket europeo.

En plena tempestad, Bartomeu mantiene el pulso firme con la intención de cerrar sus dos últimos años en la presidencia alcanzando unos éxitos que se le han negado en los últimos tiempos para pasar su nombre con mayúsculas a una historia que solamente apunta los títulos, por encima del cómo y a qué precio fueron conquistados.

A todo ello, sin embargo, emerge un deseo íntimo en el barcelonismo, que atiende en silencio y con preocupación al devenir de un club que muchos empiezan a desconocer, una vez traspasado el carácter que una vez tuvo como señal de identidad. Ese deseo se llama Lionel y se apellida Messi. Y es insustituible. “Mientras no dimita Messi hay esperanza”.