APAplausos para el mejor equipo de la historia del deporte argentino. Qué lujo poder verloY tenía razón.
Pero Lizzy, optimista como pocas, guardaba la esperanza de que se cumpliera la famosa frase: lo que empieza mal, termina bien. El tema es que cuando algo empieza tan mal...
Mer llegó a casa a las 10, fiel a su religiosa puntualidad. Pero Nico, chofer y amigo de mi hermano, llegó 40 minutos más tarde. Había tenido que volver a la casa dos veces, una porque se había olvidado el celular; la otra, por los papeles del auto. En el medio se le trabó el aparatito para abrir. Gran augurio.
Bajamos con los bolsos cargados como si nos tuviéramos que ir 2 meses a vivir a la Antártida y escucho un "CRACK": chau termo. Fuimos a buscar a mi hermano y dio más vueltas que un trombo, fiel a su religiosa impuntualidad. Pasamos por su trabajo a agarrar un termo y tipo 11.30 arrancamos para la ruta.
En el medio de la 9 de julio, y cuando digo medio quiero decir carril del medio frente al Teatro Colón, empieza a salir humo del capot. Sí, sí, humo. Nico y mi hermano Damián salen del auto y lo empujan. A Mercedes y a mí nos agarró un ataque de risa nerviosa y Mer no hacía más que repetir: "Hay eclipse Liza".

Mientras tanto Mer y yo nos íbamos fijando pasajes en micro. Por las dudas.
Y se hicieron las 12, las 12.30, la 1, la 1.30... hasta que por fin a las 2 salimos.
El camino estuvo bien y terminamos llegando sanos y salvos a Mar del Plata. Obvio que cuando llegamos llovía. Obvio. Y yo no había traído paraguas para no ser yeta. Pero parecía que la yeta nos acompañaba...
Llegamos al Poli sobre la hora y nos tuvimos que sentar en las escaleras porque no había más lugar. Pudimos ver los últimos minutos de Dominicana contra Brasil. Cuando terminó el primer partido aproveché para ir al baño. ¡Qué placer! Limpitos y con papel higiénico. Un lujo. Lo mejor, ver que había cola para el baño de hombres y no tener que esperar para el de mujeres. Un hecho exótico, pero real.

El primer cuarto de Scola fue una cosa de locos. No, no de locos, de extraterrestres. 16 puntos, 8 de 8. No existe. Todo lo que tiraba entraba. El tiro a media distancia fue letal.
Del otro lado, el enano Barea también estaba endemoniado. Lo que juega ese muchacho es una cosa tremenda. El público se ensañó con él y comenzó el duelo personal: un estadio repleto de miles de argentos gritando y chiflando desaforadamente vs. José Juan Barea.
En el receso tras el segundo cuarto, con el marcador 44 a 40 a favor de Puerto Rico, me deprimí. Con Nico estábamos en silencio y nos mirábamos, preocupados. ¿Podíamos perder? ¿Nuestra yeta galopante llegaría hasta este momento cúlmine? ¿Tendríamos que ir al repechaje olímpico para conseguir un lugar en Londres 2012? Miedo.
En el tercer cuarto el equipo levantó. Mejor dicho, el aliento de la tribuna lo levantó al equipo. Y les juro que fue así. El estadio temblaba... "Oh, Argentina vamos, ponga huevo, que ganamos, oh, Argentina vamos". Se venía abajo. Nunca presencié una cosa igual. Se te ponía la piel de gallina. Ginobili se puso el equipo al hombro, se disoció del agotamiento físico y se transformó en Super Manu. De nuevo. Por eso el 90% del estadio tenía la 5 en la espalda. Por lo que contagia.
Párrafo aparte para Andrés Nocioni. Si antes pensaba que eras una bestia, ver tu gemelo derecho en vivo hecho una morcilla (terrible lo hinchado que lo tenía) no hizo más que confirmarlo. Haber jugado en esas condiciones es una muestra más de tu carácter y tu entrega para este equipo. Haber saltado en ese estado es una muestra más de que sos un kamikaze. Gracias por tanto Chapu.
Hasta que Barea erró el último tiro en el final sufrí. Sufrimos. Todos. Demasiado. Y el desahogo fue proporcional al sufrimiento. Explotamos. Y después festejamos. Nos fuimos a comer un rico pescado a un muy buen restaurant ("Sur", se llama, recomendado). La salida bolichera quedó pendiente. No dábamos más. Había sido un día demasiado largo. Queríamos descansar y reponer energías para la final con Brasil. Las íbamos a necesitar.
El domingo llegamos más temprano al estadio, pero nos sentamos en el mismo lugar, por cábala. Tuvimos la suerte de ver el último cuarto del partido por el tercer puesto entre Puerto Rico y Dominicana. Y lo mejor, el baile post-partido entre los dos equipos, comandado por Jack Martinez, que se robó el cariño del público argentino. Al final, cuando el boricua Barea se fue de la cancha, se ganó una merecida ovación. Sábado puteado, domingo aplaudido. 100% afecto argento.

Oberto: fuiste el primero que se fue. Cuando saludabas moviendo lentamente tu brazo derecho me hiciste llorar. No sé si vi tu último partido con la camiseta de la selección. No sé si quiero tener ese honor. Quiero volver a verte en una cancha de básquet. Gracias por poner el cuerpo. Gracias por ofrecer tu corazón.
Pancho: el guerrero silencioso, aunque ya no tanto. Todos nos dimos cuenta del tremendo aporte que hacés dentro de la cancha. Siempre vas al frente.
Pablo y Lancha, los bombarderos de tres puntos. Prigioni, apareciste cuando tenías que aparecer. Defendiste muy bien al brasileño Huertas el domingo. Delfino, se nota que sentís la camiseta como un hincha más, eso lo transmitís en cada gesto, dentro y fuera de la cancha.
"Y ya lo ve, y ya lo ve, son los bigotes del Yacaré" fue el hit de la noche dominguera. Kammerichs parece una especie de Goofy. Con sus brazos largos que meten tapones a lo loco, su postura desgarbada, su entrega y su simpatía se metió al público en el bolsillo. ¡Te queremos Yacaré!
Luifa: me morí de amor cuando le diste la camiseta a tu papá y cuando abrazaste a dos de tus niños. Sos un ANIMAL. Sos el jugador más valioso, sin dudas. Y te digo más: quiero que todos los capitanes de la historia del deporte argentino sean como vos Luis Scola. Sos un ejemplo a imitar.
Volví a la ciudad de Buenos Aires el lunes, afónica y feliz. Me siento afortunada de haberlos visto jugar. Sé que cuando les cuente a mis hijos que vi a este equipo ganar el Preolímpico en Mar del Plata me van a envidiar. Mucho.
Gracias por este maravilloso fin de semana.
Y sí, la mamá de Mer tenía razón, hubo eclipse nomás. Pasa muy de vez en cuando, pero pasa. Y tuve la suerte de verlo. 12 soles que brillaron en la noche marplatense. Y que brillarán en mi memoria, para el resto de la eternidad.