Los Warriors ha trascendido el poder de su dinastía para convertirse en una cultura referencial del deporte.
A lo largo de los 4 mil años que comprenden la historia de China ha existido por lo menos una docena de grandes dinastías, 12 periodos de soberanía identificables que están conectados por un mismo concepto, el de su cultura, con lo que su pueblo no es conocido como los Han o los Ming, si no como chinos y esos mil 400 millones de personas componen una unidad tan firme que hoy en día resulta abrumadora, así como el básquetbol legendario de los Golden State Warriors.
Al igual que una nación milenaria, esta generación de los Warriors ha trascendido el poder de su dinastía para convertirse en una cultura referencial del deporte, un cúmulo de prácticas, creencias y raíces que sobreviven al paso de sus apellidos y que marcan una diferencia con respecto a los otros 29 equipos, todos ellos incapaces de mutar en algo similar sin entender que la concepción de tal proyecto sólo es posible por virtud de su originalidad.
No es sólo que entretengan al público y que hayan comprobado ser el mejor equipo del mundo, si no que lo han hecho por un periodo de tiempo tan sostenido y con un estilo tan especial, que con su nuevo título de la NBA han demostrado que viven en una realidad distinta, siendo dueños de la evolución del juego y la medida de lo que hay que hacer para triunfar.
China tuvo a Confucio hace dos mil 500 años y su gente sigue viviendo bajo sus enseñanzas; los Warriors tienen a Steph Curry y hoy los niños de todo el mundo tiran triples pensando en él, es el padre de su cultura, la piedra que soporta y da forma a la estructura de este equipo de leyenda, el maestro de la larga distancia que practicaba desde el vientre de su madre y que se convirtió en apenas en el octavo jugador en la historia que ha ganado el MVP, el MVP de Las Finales y el título de anotador.
Pasarán las décadas y hablaremos de estos Warriors como el el equipo que transformó al basquetbol en un juego de guardias tiradores y alineaciones pequeñas, el que venció la locura de los agentes libres y nos recordó por qué es una buena idea desarrollar a tu talento, encontrando joyas en los campos de reciclaje con Gary Payton II y dándole un verdadero hogar a Andrew Wiggins.
Pasarán las temporadas y diremos que fueron los primeros en terminar con el peor récord de la NBA y en dos años volver a ser campeones, encontrando explicaciones de cómo, en realidad, nunca dejaron de ser la mejor organización de la Liga y sólo se hacían más fuertes sanando sus heridas y ensayado sus coreografías en la sombra de los largos veranos.
Algún día lo veremos hasta con ironía, como la evolución del hombre que cada vez produce más alimentos ensuciándose menos las manos, así los Warriors hacen más puntos alejándose del aro, reinventando los usos de aquello que James Naismith inventara a finales del siglo XIX y que sigue teniendo tanto espacio para la creatividad.
No son una moda ni una dinastía, son una cultura de basquetbol. Acostúmbrense a ella.
