El básquetbol es un deporte de sistemas. Los entrenadores, expertos en la materia, suelen ser obsesivos al extremo con sus dirigidos. Dibujan jugadas en sus tablas, borran, vuelven a dibujar. Se enojan durante el tiempo muerto cuando los actores no reproducen con exactitud el libreto. En la semana, observan videos y asienten cuando en el rectángulo de juego se plasma con frialdad lo que se planificó. Estrategia y táctica. Sueño y ejecución.
Algunos jugadores suelen ser oficinistas de pantalones cortos y musculosa. Alumnos obedientes que cumplen roles definidos para que el plan se transforme en un golpe perfecto. Tic, tac, tic, tac. Sin improvisación no habrá errores, y sin errores, no habrá cuestionamientos. El despertador siempre suena a la misma hora. Dientes, baño, café, tostadas, camisa, pantalón, saco y corbata. El hábito otorga seguridad y confianza. Se puede alcanzar el éxito por este camino, claro, pero a veces puede resultar insuficiente. A veces puede aburrir.
Y cómo.
Entre tantos hombres grises, aparecen algunos que tienen color. En tiempos de cuidado protocolar de los atletas, hay un puñado de jugadores que parecen ser una especie en vía de extinción; espíritus salvajes que ponen todo patas para arriba, que enervan a los que tratan de controlarlos porque, con ellos, no existen las correas ni las ataduras.
Facundo Campazzo, ahora, tira un pase lacerante que conecta con Walter Tavares. Levanta las manos y festeja. Ríe, corre desbocado hacia el otro costado, recupera una pelota y a toda velocidad acelera hacia el aro contrario para anotar en bandeja. Los músculos se tensan, las pupilas son chispas y el público entra en estado de ebullición. El base argentino piensa fuera de la caja; ablanda los conceptos, cruza el umbral y escribe sus propias reglas, que lo destierran noche a noche de la zona de confort. Con Campazzo uno nunca sabe lo que va a pasar y esa naturaleza de lo impensado es lo que lo convierte en alguien realmente extraordinario. Si la vida fuese un guión, preferiría siempre tener la hoja en blanco, sin condicionantes.
Campazzo es entonces, por donde se lo mire, aspiracional. Estoy seguro que existen otros jugadores brillantes, posiblemente mejores que él, por lo que pienso que no se trata de una cuestión de contenido sino de forma: por más esfuerzo que pongamos, ninguno de nosotros podrá jugar como él al básquetbol, pero sí podemos intentar emular el enfoque. En definitiva, a medida que fui creciendo, todo empezó a ser más claro: no me gustan los saludos de protocolo, los amigos de estación, las colas de bancos ni las salas de espera. Prefiero la emoción, la euforia, la adrenalina, la expectativa, la esperanza y el amor incondicional. Dudo de los cargos jerárquicos, de los trajes caros y las verdades absolutas. Me gusta escuchar lo que me cuentan y leo cada día más porque siempre, pero siempre, hay algo nuevo por aprender. Lloro si vale la pena hacerlo e intento que me afecten cada vez menos las críticas. De vez en cuando, me pierdo en la ciudad para encontrarme. Cambio las rutas, evito las rutinas. Regalo lo que no me hace falta. Enseño cuando tengo que hacerlo. Soy mi propio entrenador: en mi tabla, dibujo, borro, dibujo. Vuelvo a dibujar.
Quizás sea por todo esto que Campazzo me representa. Esa intensidad, ese espíritu, esa risa que explota cada vez que pisa una cancha de básquetbol. Que no tiene miedo, que arriesga, que contagia. Que es un niño que conoció la pelota por primera vez cada vez que le toca jugar. Que siente más que el de al lado, que escribe su propia historia, que está más allá de Europa y la NBA. Él es en sí mismo la película que queremos ver. Que queremos ser. Cuando juega Campazzo, jugamos todos los que intentamos, en lo nuestro, lo mismo: esfuerzo, energía, pasión,hasta que no quede nada en el tanque.
Campazzo es, en definitiva, una forma de hacer las cosas.
Y eso es el gran triunfo que le permitirá, de hoy y para siempre, trascender.
