BUENOS AIRES -- Intentemos este ejercicio, el de tomar cualquiera de las notas de los últimos partidos jugados por River, "hacer copiar y pegar", leerla imaginando el último choque ante Arsenal y se darán cuenta de que las similitudes son increíbles.
En lo bueno y en lo malo, en los aciertos y en los errores. Quizás podrán diferir algunos matices, como por ejemplo que en uno empezó ganando por dos goles y se lo empataron, mientras que en el del lunes la ecuación fue inversa, pero lo cierto es que en todos está como argumento común la diferencia de momentos futbolísticos muy marcada dentro de los noventa minutos. Alarmante a esta altura, porque pasan las fechas y en lugar de atenuarse esa brecha, se incrementa. Ahora es sencillo llegarle a posición de gol. Aquel tesoro que acuñaba con orgullo, el de defenderse muy bien pese a atacar mejor, ha dejado de ser una bandera a enarbolar.
Arsenal, por ejemplo, había anotado un solo gol en cuatro jornadas, sin embargo a River le convirtió tres y tuvo, por lo menos, otras tantas posibilidades claritas de seguir marcando. Ahí está el tema, ya no impone su presencia, el respeto desde el juego, y todos los equipos que antes lo enfrentaban pensando en cómo neutralizar su fútbol ofensivo y eficaz, hoy, como en épocas no muy lejanos y olvidables, han vuelto a creer en que vencerlo ya no es una utopía.
Y no es bueno que esto le ocurra, porque no le resultó sencillo conseguir que quienes lo tengan cara a cara se sientan intimidados antes de salir a la cancha. Los motivos de este cambio están a la vista: el equipo dejó de ser compacto, está muy largo, no tiene a sus puntales en un buen nivel, carece de esa presión alta de la cual tanto se habló, y el agobiante calor le ganó la pulseada a esa frescura que tanto ponderó Marcelo Gallardo. Hoy, entonces, es un equipo normal, común, con buenos futbolistas, sí, pero sin practicar el esquema táctico que tan buenos resultados le reportó.
Basta observar la cosecha de la temporada para entender que lo expresado transita por ese camino: en el certamen local, ganó dos partidos e igualó tres y en la Copa Libertadores perdió uno y empató dos. Es decir que obtuvo el 46 por ciento de los puntos. Son sólo números, pero que en esta ocasión se ven refrendados por un presente demasiado fluctuante.
De cara al gran objetivo de River, que ya se sabe es la Libertadores, el cambio de funcionamiento deberá ser abrupto e inmediato. Se acabó el tiempo de las palabras, el calendario le impone victorias y el jueves, ante Juan Aurich en el Monumental, no tendrá otra alternativa que sumar de a tres. Será a todo o nada sin red. Ya hemos expresado en anteriores entregas que es una empresa posible, que depende únicamente de River, de volver a ser y de creerse que puede serlo. Prueba decisiva para este plantel que despierta de a ratos, pero que necesita disminuir el tiempo de su siesta. Ellos también lo saben, el desafío está en el detalle no menor de corregir errores.
