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Luka Doncic y el básquetbol de la ralentización

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Luka Doncic llega a 40 con una daga para cerrar el juego (0:36)

NBA: Spurs vs Mavericks (0:36)

"Vísteme despacio que estoy apurado". La frase, atribuida a Napoleón desde tiempos inmemoriales, cala hondo en los tiempos que corren. La era de las redes sociales nos ha enseñado que todo tiene que ser ya. El que espera desespera y el que desespera pierde el interés. La cultura de la inmediatez ha destruido la cultura. Aguardar es casi un insulto y detenerse a reflexionar un pecado.

El básquetbol NBA ha hecho del vértigo, la velocidad y la inmediatez un modus operandi a priori inexpugnable. Correr, correr y correr, como sea, donde sea, cuando sea. Luka Doncic se presenta, entonces, como una contraindicación al orden establecido. Es la fisura del sistema, el virus que se ha metido dentro de la Matrix para reconfigurar los mandamientos y devolver el básquetbol a la belleza de otros tiempos. Doncic ejercita la prestidigitación a velocidad crucero, un arte absurdo que permite al ojo humano disfrutar de la naturaleza del truco.

Doncic, en otras palabras, se ha erigido como un estafador del juego. Un ilusionista. Nada por aquí, nada por allá. Ahora me ves, ahora no me ves. El truco de los tres vasos en movimiento nunca fue tan lento hasta ahora. El alero esloveno ha edificado el básquetbol de la ralentización, que sorprende por su contenido pero aún más por su forma. Con el balón en sus manos, Doncic pone el juego en una burbuja y lo suspende. El deporte que hizo del reloj su aliado a través de la historia, ha encontrado por primera vez a su propio Cronos. La sorpresa está en la obviedad: sin piruetas ni saltos acrobáticos, Doncic logra, con sus artes, dejar de ser parte del entorno para modificarlo a piacere. El básquetbol será lo que yo digo, cuando yo digo. Y punto.

Los números dicen que Luka, con sus 42 puntos, 11 rebotes y 12 asistencias en el triunfo de Dallas Mavericks ante San Antonio Spurs, se convirtió en el jugador más joven, junto a LeBron James, en alcanzar un triple-doble de 40 puntos antes de cumplir 21 años. También, que sus cinco triple-dobles de su carrera de 30 puntos o más superan a Jerry West en el segundo lugar en ese rubro en toda la historia de la NBA. De todos modos, y más allá de lo espectacular del caso, la clave está en la transformación que generó su llegada: su propio Aleph escapa de todos los parámetros con los que se construyó el básquetbol estadounidense posmoderno. Parece lento, pero su velocidad está en la ejecución y en la lectura de las opciones: un primerísimo primer plano permite evidenciar el segundo antes en la construcción de espacios y ventajas. Su visión de juego dibuja ángulos oblicuos y pases lacerantes que lucen ridículos y desatan el asombro. La lógica de los cuentos de Edgar Allan Poe hoy tienen forma de pelota de básquetbol: llevar una narración por un lado y sorprender en el cierre con un elemento inesperado.

Doncic, para cumplir sus propósitos, tiene la lógica de un corredor de Fórmula Uno con su monoplaza: se divierte aprovechando la rapidez de los demás. Estoy convencido que Magic Johnson nunca pensó que la lengua materna de su heredero iba a ser el esloveno.

En la era en la que parece importar más lo que se dice que lo que se hace, en los tiempos en los que todo tiene que ir a la velocidad de la luz para tener sentido, Doncic nos enseña que la espera vale la pena, porque es el camino lo que importa. Su juego es símbolo de mucho más que básquetbol. Detenerse para comprender, sentir para contemplar, vivir para transformar. La reflexión suele perder contra la instantaneidad, pero esta vez las mejores cartas han quedado del lado de los buenos. El medio, llamado Luka Doncic, ahora es el nuevo mensaje

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La NBA, entonces, se ha transformado con la brisa ibérica procedente de Real Madrid. Cuando todo parece haberse inventado, vuelve a producirse el click: lo mejor del aprendizaje es el recorrido. Aprender cada segundo, cada minuto, cada hora, cada día. Toda la vida, porque eso es, en gran parte, la vida: aprender.

Con Doncic, la forma y el contenido vuelven a abrazarse para formar otro nudo único que ya nadie podrá desatar.

"Vísteme despacio que estoy apurado".

El básquetbol de la ralentización ha llegado para quedarse. Un nuevo estilo está entre nosotros.

Y tiene nombre y apellido.