<
>

Mainoldi: del regalo de Manu Ginóbili y las enseñanzas de Luis Scola a jugar la final de la Liga Uruguaya

Leo Mainoldi festeja con Trouville. Twitter - @ClubTrouvilleUY

“Pah era increíble…”, dice y mete una pausa. Se da el tiempo justo para viajar al pasado. “Era mirar para un lado y tener a Manu (Ginóbili), mirar para el otro y ver a Luis (Scola) que es como la bandera argentina. Aquello era como vivir un sueño. Y yo estaba ahí, con ellos, compartiendo un desayuno, entrenando, escuchando”. Ese orgullo no se lo quita a nadie Leo Mainoldi.

Ya pasaron cinco años de los Juegos Olímpicos de Rio donde el Coco, como lo dicen sus conocidos, formó parte de la última etapa de la Generación Dorada del básquetbol argentino.

Hoy, a los 35 años, Mainoldi está de cara a un nuevo reto. Distinto a aquel que fue a buscar cuando, con apenas 17 años, se alejó de su Cañada Gómez para ir a la aventura europea. Desde el viernes Leo jugará las finales de la Liga Uruguaya de Básquetbol con Trouville y charló con ESPN de su largo recorrido, de lo que compartió con sus ídolos en Rio 2016, y del regalo de Ginóbili que conserva como un tesoro.

Cuando ESPN le preguntó a Leo que era Cañada Gómez sonrió y pensó. En su respuesta no dudó: “Mi vida, realmente, mi vida. Tengo recuerdos que no se borran, de la infancia, las primeras amistades, el colegio. Es la ciudad, es la familia, mis amigos. Es mi todo”.

Corría el año 2002 cuando Leonardo Mainoldi jugaba en Carcarañá, una ciudad del departamento de San Lorenzo, provincia de Santa Fe. “Yo no tenía contrato ni nada y fui convocado a una selección juvenil”, recordó.

Y miren lo que es el destino. Cuando Leo concurrió a la convocatoria coincidió con la visita de un ojeador del Pamesa Valencia de España que apuntó su nombre. El hombre se arrimó y le sugirió la oportunidad. Leo tenía 17 años. Era largar todo y lanzarse a la aventura.

“No fue sencillo. Sobre todo convencer a mi madre Graciela. Esa situación para mis padres no fue fácil. Era el desarraigo. Dejar todo, el Colegio, la rutina, el estar cómodo. Uno estaba acostumbrado a estar todo el tiempo con sus amigos, en su casa con sus padres, su hermano, con toda la familia y de un día para el otro me fui a una aventura. Uno tiene ese miedo de salir de casa por primera vez”, admitió el jugador en la charla con ESPN.

La primera semana no resultó tan compleja. Su papá Carlos lo acompañó a Valencia, ciudad donde se quedó tres años. El tema fue cuando su padre regresó a Argentina.

“Cuando se fue llegaron las dudas. Quedarme solo, realmente solo. Cuando se apaga la luz se te pasa por la cabeza volver. Pero sin lugar a dudas que lo pensé más de una vez. Esto no es para mí, o no me termino de encontrar. Sí que lo pensé. Pero pude aguantar”, reveló.

Mainoldi vivía en un departamento de tres pisos con tutores. Allí compartía el hogar con cuatro o cinco chicos reclutados de otras ciudades con los que jugaba en las formativas.

De 2002 a 2014 Leo jugó ininterrumpidamente en España. Para la temporada 2014/2015 regresó a Argentina para ponerse la camiseta de Quimsa. Posteriormente pasó a Gimnasia Indalo y luego a San Martín de Corrientes. Defendiendo al citado equipo ocurrió un hecho que marcó su trayectoria: la generación dorada.

El sueño de la generación dorada
Si bien Leo fue parte de la selección de su país que jugó el torneo FIBA Américas 2015 disputado en Ciudad de México, donde se logró la clasificación a los Juegos Olímpicos, le faltaba la frutilla de la torta. Llegó tiempo después…

Mainoldi fue convocado para entrenar con el plantel que inició la preparación para los Juegos Olímpicos de Rio 2016. Su corazón explotó cuando se brindó la lista definitiva y allí estaba su apellido.

“Es algo que nadie me va a poder quitar. Poder convivir con esos jugadores, con esas personas, porque no solo abarca al jugador. El día a día, lo que la gente no ve. Son increíblemente naturales, por eso consiguieron los que consiguieron”, reveló Coco a ESPN.

Cuando le consulté si en aquella generación tenía algún espejo, Leo reveló que siempre miraba a Luis Scola. Lo definió como “la bandera argentina”.

“Uno siempre miraba a Luis Scola, la posición, el 4, que es lo que uno mira. Pero hay un conjunto de cosas: el grupo, la esencia que dejaron en los chicos de ahora, la forma de trabajar, la dedicación y Luis es el abanderado de todo. Por su dedicación, trabajo, esfuerzo, entrega, estuvo en todos los torneos. Es el estandarte. La bandera argentina es él”.

Agregó que no olvida el trato que recibió de aquellos monstruos.

“A Manu, Delfino, el Chapu, yo los veía por la televisión jugando en la NBA y después me tocó estar desayunando con ellos y viviendo en un mismo departamento. Por ahí uno pensaba, no me van a dirigir la palabra, pero yo era uno más. Esas son las cosas que hicieron que Argentina consiguiera logros. Ese legado se mantiene. Mucha gente decía que cuando se fueran no iba a haber recambio y otra vez salen sub campeones del mundo. Y es increíble que Luis siga jugando”.

Mainoldi dice que forma parte de un grupo de WhatsApp donde la comunicación es para cosas puntuales.

De la generación dorada al Metro
Después de cerca de dos años de inactividad a Leo le sugirieron la posibilidad de venir a Uruguay. Cuando el mundo estaba paralizado lo llamaron y le dijeron Stockolmo. No lo dudó un instante.

“No hubo negociación. No me importaba lo económico, quería volver a sentirme jugador, a poder vivir el día a día”, admitió.

Consultado sobre si conocía lo que era el Metro y las canchas donde se jugaba, Mainoldi respondió: “Me dijeron mirá que va a ser duro, pero uno se tiene que poner en forma, adaptarse y aprender. Uno nunca deja de aprender por más edad que tenga. Fue una experiencia que disfruté”.

El jugador viajó solo. Cuando terminó lo de Stockolmo pensaba volver a Argentina pero en su camino se cruzó Trouville apuntado a la Liga Uruguaya. Y Mainoldi se fue del Prado a Pocitos.

Y en un abrir y cerrar de ojos se encontró con los rojos en etapa de definición hasta sorprender llegando a las finales que comenzarán a jugar desde este viernes contra Aguada.

“Esto es un premio. Es un desafío grande pero hay que disfrutarlo y valorarlo porque no es fácil llegar a una final. Esto de la pandemia me ha hecho valorar las cosas de otra manera. Hay que disfrutar el día a día, a veces uno se quema por cosas que no tienen importancia, y la salud está ante todo” admite.

Parece mentira, pero de aquel chico que partió de Cañada Gómez con 17 años a jugarse el futuro a este que con 35 disputará una nueva final pasaron muchos años. Un largo camino plagado de básquetbol y experiencias de vida.

Pero del largo recorrido hay dos detalles que no olvidará jamás: el himno argentino en los Juegos Olímpicos y el regalo de Manu Ginóbili.

“El himno era un momento único. Cuando la gente empezaba a tararear se me ponía la piel de gallina. Y el otro recuerdo imborrable que tengo es una remera de San Antonio que nos dio Manu a los chicos. Son cosas que uno guarda como un tesoro, espero que perdure y no se arruine. Esto no me lo quita nadie. Esto que viví se lo voy a contar a mis hijos, a mis nietos…”.