LOS ÁNGELES -- Inevitable. Cruz Azul cumplirá 18 años sin ser campeón de Liga. Quizá ni pise Liguilla.
Ante Dorados fue evidente: Tomás Boy llegó con una terapia insuficiente. Y fallida. Y decepcionante.
La estrategia de hacerlos reír, no hizo que los condenados a muerte de Cruz Azul jugaran mejor al futbol.
Porque si fuera así, que las carcajadas confeccionaran Messis o CR7s, el Circo Atayde sería campeón del mundo.
Y con el gol de Dorados, en la cronología fatídica habitual de los Pechos Fríos, en la agonía del juego, en lugar de júbilo hizo catarsis la depresión.
Lunes y martes será difícil hacer reír a un Cruz Azul con 18 nudos en la soga del verdugo. La soga ajustada puede romper tráqueas si uno se carcajea columpiándose.
Tomás Boy tendrá que vestirse de entrenador y no de showman. La crisis de Cruz Azul no pasa por estados bipolares de ánimo. La crisis de Cruz Azul pasa por estados bipolares de futbol.
Porque ocurre que Cruz Azul, cuando entra en esos estados de lucidez hasta impresiona, cautiva, sobrecoge. Pero, ocurre algo, tan ínfimo como un regaño a destiempo o una pelota no disputada, para que sus actores se conviertan en muertos vivientes.
Es un equipo sin velocidad, excepto Joao Rojas, que tan vive en el egoísmo absoluto que hasta juega carreritas con su sombra, y siempre le gana, aunque pierda el balón y el equipo pierda con él.
Los líderes no aparecen. Chaco Giménez es intermitente y las piernas no se suman a esa valentía de caudillo que de repente se marchita en bocanadas de resignación.
¿Gerardo Torrado? Las glándulas de testosterona rebasan los alcances de su físico. Y es curioso: un tipo de particular inteligencia y sentido del humor fuera de la cancha, de repente juega a la tragedia en cada pelota.
Y así puede enlistarse a un Cruz Azul con jugadores capaces de salir de la crisis, pero que, definitivamente, en el último minuto, en el último suspiro, claudican, como si se divirtieran más sufriendo con su propio fracaso.
Parece que estos eunucos espirituales, quedaron marcados para siempre tras los fracasos con Memo Vázquez y Luis Fernando Tena, cuando parecían tan cerca, y se quedaron tan lejos, a esa distancia insalvable que no pueden recorrer en 18 años.
Tomás Boy es especialista en crisis. Resolvió la de Morelia y la de Atlas, equipos con más historia que protagonismo en las vitrinas.
Hoy tiene a un equipo con más protagonismo en los aparadores, en la historia, en las tribunas, y en la demografía futbolística de México.
Es decir, la repercusión del éxito de Tomás Boy puede rebasar cualquier circunstancia de fracaso.
Porque en La Noria hay más proclividad, experiencia y oficio para enterrar fracasos que para venerar triunfos. Los altares de muertos aún no ven un desfile vindicativo.
En 18 años, el Cementerio Azul se ve repleto, y oficia la Misa de Réquiem el mismo sacristán del terror: Billy Álvarez Cuevas, quien ya se encoge de hombros y mueve la cabeza, en lugar de hacer la señal de la cruz.
Hay, en Cruz Azul, más momias que santos. En su sala de trofeos, hay más tumbas que copas.
Tomás Boy puede ser uno más. Tiene contrato condicionado y plazo hasta diciembre. Piden un milagro, y él, ateo y pagano, no sabe de ello.
Mientras tanto, en la penumbra, Miguel 'El Piojo Herrera' entreteje ilusiones con esa deliciosa madeja de fantasías que suele ser el apetito por la venganza.
