Arrebatarle el trono a las locales en su propia tierra parecía una utopía, pero Las Leonas se consagraron campeonas del mundo otra vez, demostrando que cuando la historia se juega con el alma, el tiempo y la distancia se rinden ante el fuego sagrado.
Parecía imposible. Se veía lejano, casi como una quimera reservada a los cuentos de fe ciega. Arrebatarle la Copa del Mundo a Países Bajos en su propia casa, en su templo y ante su gente, remontando un 1 a 0 en contra, exigía algo más que un planteo táctico impecable: exigía esa energía sagrada que solo este equipo es capaz de invocar cuando el suelo quema. Sucedió en aquella fase de grupos contra Alemania, cuando todo parecía marchitarse y el horizonte se espesaba. Fue allí donde la garra emergió de las profundidades, donde Agustina Gorzelany avisó con la mirada que el fuego sagrado ya estaba encendido y con ganas de incinerar cualquier duda. El tiempo le terminó dando la razón. El seleccionado fue puliendo cada detalle, creciendo partido a partido y convirtiendo la exigencia en disfrute hasta llegar al objetivo primero: estar en una nueva final. De frente estaba la pared naranja, reluciente y amenazante, pero Las Leonas la golpearon con toda la fuerza acumulada de un legado que se traslada de generación en generación y que hoy está más vigente que nunca. Las Leonas lo lograron. Lo hicieron por este plantel que tanto lo soñó, lo sufrió y se entrenó en el silencio de las madrugadas. Pero, sobre todo, lo consiguieron por esa herencia viva que nació del corazón de aquellas "locas" que empezaron corriendo con su palo y su bocha en canchas de pasto natural, sin reflectores ni tribunas repletas, y que con los años transformaron al hockey en una pasión movilizante para la cultura de Argentina y de toda Latinoamérica.
Esta copa no se levantó en la soledad del presente; la empujaron las manos y la memoria de cada mujer que vistió este manto:
La fragua de Perth 2002: Karina Masotta, Luciana Aymar, Mariela Antoniska, Soledad García, Magdalena Aicega, María Paz Ferrari, Ayelén Stepnik, Vanina Oneto, Mariana González Oliva, Mercedes Margalot, María de la Paz Hernández, Cecilia Rognoni, María Inés Parodi, Paola Vukojicic, Mariné Russo, Inés Arrondo, Natali Doreski y Claudia Burkart.
La consagración de Rosario 2010: Belén Succi, Mariana Rossi, Rosario Luchetti, Macarena Rodríguez, Alejandra Gulla, Carla Rebecchi, Delfina Merino, Laura Aladro, Romina Vatteone, Daniela Sruoga, Mariela Scarone, Silvina D'Elía, Giselle Kañevsky y Noel Barrionuevo (repitieron Aymar, García, Russo y Burkart)
Las heroínas de Países Bajos 2026: Cristina Cosentino, Valentina Raposo, Juana Castellaro, Agustina Gorzelany, Sofía Toccalino, Eugenia Trinchinetti, Sofía Cairó, Agostina Alonso, Julieta Jankunas, Majo Granatto, Zoe Díaz, Mercedes Artola, Emma Knobl, Victoria Sauze, Victoria Miranda, Victoria Granatto, Lara Casas, Brisa Bruggesser, Milagros Alastra y Paula Ortíz.
Nombres que trascienden las épocas y que hoy se abrazan en un solo grito cómplice. Porque el título de 2026 es la confirmación de que la mística Leona no es una época dorada que pasó: es una cadena ininterrumpida de amor, rebeldía y pertenencia que volvió a tocar el cielo para siempre.
