No caben dudas de que Nelson Mandela fue el símbolo de aquella inolvidable Copa del Mundo de 1995. Para los ojos de los sudafricanos y para los ojos del mundo entero. Y no solamente porque era el presidente de la nación que sorprendió a todos y se quedó con el título ante un seleccionado de los All Blacks que, abanderado por un imparable Jonah Lomu, parecía invencible.
Sino que fue un símbolo por lo que representaba, por lo que buscaba, por lo que anhelaba: esperanza, unidad y paz, en un país que venía sufriendo desde hace mucho tiempo atrás un sistema de segregación racial. Mandela identificó la RWC que se jugaría en Sudáfrica como una oportunidad para llegar a cada corazón de cada uno de los sudafricanos para así conseguir una unidad absoluta en pos de un objetivo particular: la copa. Y estaba convencido de que si los Springboks la ganaban, iba a cumplir su cometido.
Visitas a los entrenamientos, reuniones con el capitán Francois Pienaar, palabras de aliento, recorridas motivadoras, un detellado e intenso estudio de las características de un deporte que, hasta entonces, era casi desconocido para él. El objetivo de Mandela estaba claro, y de a poco fue convenciendo a los propios jugadores de que eran capaces de hacer historia. Porque claro, la realidad indicaba que los Springboks no atravesaban un buen momento deportivo en cuanto a los resultados antes del comienzo del Mundial.
Pero en Sudáfrica, desde el primero hasta el último día, la historia fue totalmente diferente. Primero superaron a los Wallabies, que en aquel momento eran los campeones defensores. Luego de arrasar en la fase de grupos, hicieron lo propio con Samoa en los cuartos de final. En las semifinales, instancia en la que en la previa de la competencia resultaba difícil imaginar a los sudafricanos, superaron a Francia en un recordado duelo protagonizado por la lluvia y el barro.
Parecía suficiente. Llegar a una final del mundo, y más aún teniendo al gran Jonah Lomu en la vereda de enfrente, parecía suficiente. Parecía el final del camino. Pero no para Mandela. Tampoco para Pienaar. Mucho menos para todo un país que a esa altura se encontraba absolutamente ilusionada con el título. Contra viento y marea, en ese desenlace ante Nueva Zelanda que se llevó a cabo en el Ellis Park de Johannesburgo, un drop de Stransky sentenció la historia a favor de los Springboks. Explosión total. Alegría inmensa. Pienaar, recibiendo el trofeo de un Nelson Mandela orgulloso, quien sabía que, a través del rugby, había cumplido su objetivo: unir a su nación.
