BARCELONA -- Quique Setién proclamó el viernes que jugar contra el Barcelona "no es nada especial para mí, en absoluto. Es un partido más", pero cuando el domingo, al mando del Villarreal, se enfrente por primera vez al equipo que dirigió entre enero y agosto de 2020 no podrá evitar que el recuerdo de su breve y convulsa etapa azulgrana se deje notar en el ambiente.
El técnico cántabro, de 64 años, mantiene que el Barça "siempre ha sido un equipo que me ha gustado por su filosofía de juego" y evita referirse a las razones por las que el sueño de su vida acabó siendo un tormento. Ya lo hizo, a su manera, en un documental televisivo en el que sus silencios ("prefiero no hablar de Messi") mostraron la terrible decepción que supuso para él la aventura en el Camp Nou, sentenciada con un terrible e histórico 2-8 frente al Bayern Múnich en Lisboa que provocó su despido... Y tener que defender en los juzgados un contrato que el entonces presidente Bartomeu no quiso atender.
Hoy Setién acumula 15 partidos al frente del Villarreal (7 victorias, 2 empates y 6 derrotas) desde que aterrizó de improviso cuando en octubre el Aston Villa se llevó a Unai Emery. Había afirmado, tras su experiencia en el Barça, que ya no estaba "motivado" para seguir entrenando al máximo nivel y que solo regresaría a los banquillos para "dirigir a niños", pero cuando le llamó Fernando Roig no pudo resistirse a volver.
Y aunque el trayecto en el Submarino Amarillo no está siendo tan óptimo como se esperaba, su forma de actuar no ha cambiado un ápice desde que llegó. Y el que ha centrado toda su carrera.
El cántabro presenta una experiencia que pocos entrenadores tienen en España. Le contemplan 539 partidos en el futbol profesional desde que en octubre de 2001 debutó en el banquillo del Racing de Santander en 2ª División. Acababa entonces de cumplir 43 años y poco podía imaginar que dos décadas después, siendo ya un veterano, le llegaría la oportunidad de dirigir al Barça que siempre admiró.
Lo hizo de rebote, como recurso de urgencia después de que Josep Maria Bartomeu acabase de mala manera con la etapa de Ernesto Valverde y no pudiera (enero de 2020) convencer a Xavi Hernández ni Ronald Koeman para ocupar el puesto. Pasó de "pasear vacas en mi pueblo" a dirigir a un equipo en combustión. Y su sueño acabó, siete meses después, en pesadilla, despreciado por otras vacas, las vacas sagradas del Barcelona.
Este domingo se reencontrará con el equipo azulgrana enfrente. Dirigiendo a Las Palmas y Betis lo hizo en siete partidos de los que perdió seis, aunque el único que ganó (3-4 en noviembre de 2018) motivó un alud de elogios que acabaron, trece meses después, por llevarle al banquillo de aquel Barça en descomposición que acabó por ser una aventura dramática. Para el club... y para él.
Tres años después de aquella etapa fallida el entrenador cántabro mantiene a pesar de todo las ideas fijas. Admirador confeso de la filosofía cruyffista, en su día confesó que le habría encantado trabajar en el Barça del neerlandés por su forma de entender y bajo esta premisa ha centrado toda su carrera en los banquillos.
De carácter fuerte, en el Camp Nou chocó de frente con una plantilla que dejó de creer en él de forma abrupta, derrumbándose en la Liga del coronavirus, siendo eliminado en la Copa por el Athletic de Bilbao y despidiéndose con la mayor mancha de la historia continental del club.
Un pasado que quiere borrar de su memoria, pero que permanece en la colectiva del barcelonismo.
