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La fiesta de los humildes de La Luz y el sentido homenaje de Edgard Martínez a su hermano Williams

La Luz doblegó a Peñarol y jugará la final de la Copa AUF Uruguay. 1950foto

El Tata González salió corriendo como un niño. La boca llena de gol. Los puños apretados. Frente al banco de suplentes de Peñarol se trepó a la montaña de la felicidad que armaron sus compañeros de La Luz para celebrar el gol de Pablo Silva que igualaba la serie semifinal de la Copa AUF Uruguay y forzaba los penales. La imagen del Tata fue el fútbol en su estado más puro. Un hombre que se consagró campeón de América con Uruguay celebraba como cuando jugaba en la Quinta División de Defensor, con una camiseta que le es ajena, pero que la hizo propia.

Quedaban cuatro minutos para el final y cinco de adición para llegar a los penales. La Luz aguantó a pie firme y forzó la definición con un hombre de menos desde los cinco minutos del segundo tiempo por la expulsión de Baeza. Heroico.

Para muchos pasó desapercibido porque en el inconsciente estaba que el equipo de Aires Puros debía igualar la serie, y pocos repararon en el detalle de que La Luz le ganó a Peñarol, en el Estadio Centenario, y con uno menos. Histórico.

EL PESO DE LA MOCHILA

Cuando el árbitro pitó el final del partido los estados de ánimo quedaron claramente marcados. Los jugadores de Peñarol quedaron perplejos en el campo de juego mientras el grueso de la gente les recordaba con un canto tribunero: “están jugando en Peñarol”.

Mientras tanto, en un sector más pequeño de la tribuna América, un puñado de hinchas de La Luz estalló de felicidad al tiempo que sus jugadores se abrazaban emocionados.

En la definición, mientras la caminata de los jugadores aurinegros rumbo al punto penal era con una pesada mochila en la espalda, la de los jugadores de La Luz era con la ilusión de cristalizar un sueño.

Esta vez no apareció San Cardozo en Peñarol. Se impuso el hambre de gloria y la convicción con la que ejecutaron los penales sus rivales.

LOS TRABAJADORES DE LA LUZ

Muchos de esos muchachos que fueron rumbo al punto penal y se pararon frente al golero de Peñarol, salían a laburar, se subían a una motito a repartir pizza o productos de una farmacia. Hay uno que es el verdulero del barrio. Algo que va de la mano con la historia de sacrificio de un club que perdió su cancha, que en 1995 se desafilió por problemas económicos, y que para volver se fusionó con el Movimiento Tacurú del Padre Cacho bajo el nombre de La Luz Tacurú.

Pero lo cierto es que los jugadores de La Luz se pararon con la pelota en el punto penal y no les tembló el pulso. Remataron con el alma.

El último penal le quedó a Edgard Martínez. Un hombre que se había retirado del fútbol y que, tras perder a su hermano Williams, volvió a jugar con 43 años. Remató con una enorme categoría desatando la locura blanca en el Centenario. Fue el inicio de la fiesta de los humildes. Después de recibir infinidad de abrazos, Edgard se apartó por un instante de todos, se sacó la camiseta, la elevó su sobre su cabeza y miró al cielo. Fue el regalo para su hermano Williams.