Hay silencios que duran toda una vida y otros que solo son un preludio. Para Nano Ortíz, el retiro de 2021 no fue una despedida a medias, sino un pacto de honestidad con su nueva realidad. Tras el rugido de Tokio, el León guardó el palo para aprender a ser padre en el fragor de las madrugadas con mellizas. Sin embargo, tras un lustro de habitar el banco de suplentes y el pizarrón de entrenador, el 2026 marcó el año de lo impensado. En esta charla, Ignacio desglosa la anatomía de su regreso: el peso de los años, la presión de los amigos y esa fibra íntima que solo se activa cuando el club te vuelve a gritar que te necesita.
El frío de agosto y el cambio de piel
El retiro en 2021 fue una decisión masticada bajo el peso de la responsabilidad. La paternidad llegó con la misma intensidad que una final olímpica, obligándolo a elegir entre el 100% de la selección o el 100% de su casa. Durante cuatro años, el hockey fue para él una docencia y una mirada táctica desde afuera, hasta que el tiempo cumplió su ciclo. "Volví de los Juegos Olímpicos de Tokio y a la semana nacieron Francisca y Josefina, las mellizas, el 14 de agosto de 2021. Ahí bajé a un frío necesario; analicé los viajes, mi mujer con los tres chicos (las melli se sumaron a Salvador, su primogénito) y entendí que no iba a poder estar al máximo para el seleccionado. Decidí colgar el palo y volcarme a entrenar equipos, algo que me apasiona y es mi trabajo. Me alejé de la cancha como jugador, pero nunca del hockey".
El modelo del espejo y el estancamiento
Haber caminado por el hockey europeo y habitado ambos lados del mostrador (el del jugador que sufre y el del técnico que exige) le permite a Nano tener una mirada quirúrgica sobre el presente de la disciplina. Para él, el hockey argentino padece de un individualismo dirigencial que lo mantiene en una meseta, mientras otros deportes logran evolucionar. "Creo que el hockey está estancado. A nivel dirigencial hace falta unión; se toman decisiones en grupos chicos y no como un conjunto. Tenemos que mirar al rugby, copiar ese modelo de compañerismo dirigencial y abrir los oídos a la gente de experiencia. A los jugadores se nos exige como profesionales, pero falta gestión para dar el salto. En España aprendí que se puede buscar un semiprofesionalismo, desarmar estructuras que ya no funcionan y escuchar a quienes tuvimos otras vivencias afuera para dejar de estar en la comodidad de siempre".
La mística de la vigencia: Entrenar a Maripi
En su rol como entrenador de Maripi Hernández en Biei, Nano encuentra el espejo perfecto de su propio regreso. La disciplina de una histórica que no se permite un error y que corre a la par de las más jóvenes es el recordatorio constante de por qué él decidió volver a calzarse los botines este año. "Entrenar a Maripi es un orgullo y un ejemplo que le pongo siempre a las más chicas. Ella viene con familia, con chicos chiquitos, y no se da un permitido; entrena todo lo que hay que entrenar. A veces la exijo de más porque quiero que piense antes de correr, pero su humildad es total. Es un reflejo de lo que me pasa a mí: la constancia de estar, la pasión por el club y el legado que uno quiere dejar".
2026: Romper la inercia del retiro
Pasar cinco años viendo el juego desde la línea de cal genera una distancia que parece irreversible, pero en 2026, el cerrojo se rompió. No fue un proceso solitario; fue una "emboscada" afectiva de sus amigos y de un club, Banco, que sabe cómo tocar las cuerdas exactas para despertar al competidor que dormía en el mediocampo. "El regreso este año fue por la insistencia de amigos como el Gato López, el Colo Vila e Iña Minadeo. Me 'comieron' la cabeza a mí y también a mi mujer para que aceptara. Al principio lo veía raro: después de tanto tiempo siendo el entrenador de los chicos, pasar a ser compañero de vuelta genera incertidumbre. De lo físico, ni hablar: romper esa barrera después de cinco años de inactividad competitiva cuesta, pero me fui sintiendo bien y hoy ya estoy arriba del barco otra vez", cerró Ortíz.
