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Un partido en el recuerdo: Alemania elimina a Argentina en 2006

RECUERDO. El 30 de junio de 2006 era viernes. Argentina jugaba con Alemania en cuartos de final del Mundial en el estadio olímpico de Berlín. Conseguí la entrada dos días antes. Hacía cinco meses que estaba en tierras germanas, trabajando en bares y ahorrando cada euro para ese momento. Tenía ocho años menos, ocho kilos más y la ilusión intacta.

ANSIEDAD. El partido arrancaba a las cinco de la tarde, pero a las dos ya estaba en la cancha, así que decidí ir a juntarme con otros argentinos en el camión de Quilmes, un punto de encuentro albiceleste presente en cada sede mundialista de Alemania por aquel entonces.

Éramos pocos, muchos menos que en Hamburgo, que en Gelsenkirchen, que en Leipzig, pero nos hicimos notar: se armó una caravana hacia el estadio con una bandera gigante de 50 metros de largo, los bombos adelante abriendo el paso, todos saltando y gritando desaforadamente sin parar.

EMOCIÓN. En un momento, cantamos el himno nacional argentino; qué instante más sublime, sin dudas uno de los más lindos e inolvidables de todos los que viví en ese Mundial. Los policías que nos acompañaban no lo podían creer, sacaban fotos todo el tiempo, al igual que la gente que salía a los balcones de las casas o afuera de los bares para mirar lo que estaba haciendo temblar a Berlín.

Hicimos una entrada realmente triunfal, digna de la hinchada argentina. Pero recién al ingresar a la cancha me di cuenta de que éramos visitantes. La mayoría de nosotros estábamos concentrados en un pequeño sector, detrás del arco que en el primer tiempo fue del Pato Abbondanzieri. Las otras 65.000 personas que estaban en el estadio vestían los colores rojo, negro y amarillo.

BRONCA. No era agradable estar ahí dejando la garganta y el alma en cada grito y ver cómo los aplausos y chiflidos alemanes tapaban nuestras canciones. Pero ya llegaría el momento en que se nos iba a escuchar.

Los primeros 45 minutos fueron bastante tranquilos, salvo por un cabezazo de Ballack que pasó rozando el travesaño y nos cortó la respiración por un instante.

ALEGRÍA. En el amanecer del segundo tiempo, llegó nuestro cabezazo: el de Ayala, el que enmudeció al estadio y dejó oír nuestras voces todas, nuestros gritos todos. Fue el regalo más hermoso que recibí en mi vida. Mi corazón estallaba, todos nos abrazábamos unos con otros, sabíamos que estábamos muy cerca de ser testigos de algo histórico.

Pero sabíamos también que Alemania no se iba a quedar de brazos cruzados. A los 64, tuvo otra Ballack, con el arco todo para él adelante del punto del penal; el corazón fue el que se detuvo esta vez, pero volvió a bombear cuando el remate rebotó en Ayala.

Poco después llegó la lesión del Pato y la intranquilidad empezaba a aumentar. Pegado a eso, Pekerman decidió sacar a Riquelme y poner a Cambiasso, un cambio que no me gustaba para nada. Ganándole a Alemania en su casa, faltando 20 minutos. Ahí lo quería a Juan Román para que tuviera la pelota, para que la guardara, la cuidara, se la atara con un candado al pie derecho; no sé si estaba cansado, pero sí recuerdo que el equipo de Klinsmann se adelantó aún más después de eso.

Alemania iba, la gente aplaudía y gritaba "¡Deutschland!" (no son muy creativos los germanos con los cánticos realmente). A los 79 salió Crespo, entró Cruz y el pibe con el Nº18 se quedaba en el banco. Lionel Messi, ¿lo tienen?

Apenas un minuto más tarde, a los 80, Klose, de cabeza, marcaba el empate alemán. El hoy máximo goleador histórico de los Mundiales nos clavaba una espina en la ilusión. Y el estadio explotó y nos volvimos chiquitos e insignificantes.

Se fueron los 90 y llegó el alargue. Había que ganarlo en esos 30 minutos. Sentíamos que se podía y nos emocionábamos con cada quite de Mascherano, con cada subida de Sorín, con cada corrida de Tevez.

En el segundo tiempo del suplementario los teníamos acorralados en un arco, se notaba que nosotros queríamos ganar el partido ahí y ellos querían los penales. Pero se salieron los locales con la suya y llegaron los penales.

MIEDO. Estaba atrás del arco. No quería mirar. No podía mirar. No vi el papelito de Lehmann, pero no hacía falta. Temía lo peor. Y lo peor fue tomando forma, primero cuando se lo atajaron a Ayala y después cuando lo vi caminar al Cuchu, ya nervioso, acomodando rápido la pelota. Y Lehmann atajó de nuevo y perdimos y parecía que el mundo se nos venía encima. Estuvimos tan cerca...

TRISTEZA. De esas que no se pueden explicar, ni entender, ni compartir. Porque resulta fácil compartir la alegría, pero no pasa lo mismo con la tristeza. Por primera vez en el viaje me sentí sola, desconsolada. No podía parar de llorar, la angustia me carcomía el pecho.

Suena mi teléfono celular y escucho la voz de mi mamá: "Liza, dejá de llorar mi amor, te estamos viendo en la tele". La imagen era para retratar: estaba envuelta en mi bandera cual Virgen María pero llorando como María Magdalena.

Fui una de las últimas en abandonar el estadio, los alemanes se fueron rapidito. Recuerdo ese viaje en tren de vuelta a la casa de mi amiga en el este de Berlín, odiando entender el idioma...

Dicen que el fútbol siempre da revancha. La tuvimos en el 2010, de nuevo en cuartos. Y perdimos por goleada. Pero ahora tenemos otra. En la final. Y esta vez, creo que somos locales.

Mascherano, Maxi y Messi quieren sacarse esa espina que Klose les clavó aquel 30 de junio de 2006 (y las otras dos cuatro años después, porque ellos tres fueron titulares en el 0-4 de Sudáfrica, cuando Miroslav marcó por duplicado). Yo también.

Aunque debo confesar que mi ilusión está intacta. Este equipo me la devolvió.