Hay rivalidades sagradas que solo las entiende quien nació en San Isidro. Son partidos donde el césped tiembla, donde cada tackle se asesta con la furia de un volcán en erupción y la camiseta del vecino es el único pecado imperdonable. Pero el rugby, ese alquimista de imposibles, decidió borrar la frontera. En una noche donde el cielo amagó con desmoronarse, la rivalidad atávica quedó suspendida en el aire y la cantera de los dos colosos del rugby argentino sumó fuerzas para frenar a una tromba del norte: los Canadian Howlers.
El escenario fue la cancha 2 del San Isidro Club, un santuario testigo de una metamorfosis poética. La iniciativa: por parte de la URBA, tras los incidentes que se dieron en la semifinal del año pasado. Aquel rival al que en cualquier otro sábado lo habrías frenado con un tackle colosal, de pronto respiraba a tu lado, empujaba en el mismo scrum y sudaba la misma épica. Un híbrido indomable de la M18 del SIC y del CASI salía a plantar bandera ante los gigantes canadienses que llegaron de gira a nuestro país.
El resultado final registró un anecdótico 22-12 para los anfitriones, pero el trámite fue un hervidero. Lejos de ser una exhibición tibia, el césped encandiló con chispas de dinamita pura; a medida que pasaban los minutos, el choque tomó una temperatura volcánica. Los locales salieron al campo vistiendo ropas de gala alternativa para no herir susceptibilidades: los zanjeros enfundados en su clásica piel azul y negra; los académicos, vestidos de un riguroso e imponente negro nocturno.
Treinta jugadores—quince por bando— dividieron fuerzas exactas para jugar dos tiempos de 35 minutos de pura adrenalina. En los bancos, la diplomacia de las pizarras armó una mesa redonda histórica: Bruno Vitale y Marcelo Soiza por la Zanja; Santiago Saenz y Pablo Amadeo por la Academia.
“Fue algo muy distinto. No había vivido algo así”, dice el capitán zanjero de la primera mitad, Feliz Rivero Ayerza. “La verdad me gustó bastante, estuvo bueno”, agrega. Para el complemento, la cinta pasó al brazo de Ignacio Villagra, referente del CASI: “No pasa seguido y está bueno vivirlo como experiencia, vivirlo y compartirlo con todos, los del SIC y nosotros. Estuvo muy bueno, muy divertido”.
Detrás del partido hubo una maniobra de ajedrez ideada por una leyenda: Les Cusworth. Enterado del desembarco canadiense, le propuso el reto a su eterno amigo Marcelo "Tano" Loffreda. La chispa prendió en el SIC, pero la ambición pedía más: invitar al rival de toda la vida para una gesta inolvidable en Boulogne. Así, presidentes, entrenadores, familias y fanáticos quebraron el guion de la historia para empujar hacia el mismo ingoal.
“Afuera de la cancha tenemos relación, somos del mismo círculo. Nos conocemos casi todos y hay buena onda”, cuenta Villagra sobre la vida cotidiana. A su lado Rivero Ayerza aporta que “me llevo de hoy tener que adaptarme a algo distinto, a jugar distinto y a conocer nuevas personas dentro de la cancha”.
Las torres de luz se fueron apagando lentamente sobre la "Catedral de Boulogne", dejando encendida únicamente esa antorcha inmortal que es el tercer tiempo. Entre risas, cantos, hamburguesas y anécdotas compartidas, chicos del SIC, del CASI y de Canadá sellaron una noche eterna, demostrando que aunque la pasión divida a una zona durante ochenta minutos, el rugby siempre encuentra la forma de reunir al barrio bajo las mismas estrellas.
