BARCELONA -- El Barcelona, con una deuda acumulada, reconocida, cercana a los mil quinientos millones de dólares y unas pérdidas en 2021 superiores a los 400 millones vuelve a ser un transatlántico en movimiento.
Lo que para algunos no ha sido más que una huida hacia adelante y para otros ha sido una gestión soberbia, la venta de parte de sus derechos de televisión le han dado el músculo suficiente para regresar al escenario y convertirse, como antaño, en protagonista del mercado de fichajes.
Robert Lewandowski ha sido el golpe maestro, el nombre principal, pero a su vera el club azulgrana ha añadido a otros tres futbolistas que deben catapultar su poder futbolístico y que se suman a lo realizado durante el mes de enero.
Desde entonces y hasta hoy el Barça ha incorporado a Ferran Torres, Èric García, Aubameyang, Raphinha, Kessié, Christiansen y el referido Lewandowski. Y espera a César Azpilicueta, no descarta a Marcos Alonso (o en su defecto a un lateral zurdo), mantiene la esperanza con Jules Koundé y hasta se atreve soñar con Bernardo Silva.
A ellos también podría añadirse los nombres de Dani Alves y Adama Traoré, cuya permanencia en el club fue efímera y se limitó a la segunda mitad de la última temporada, como confirmación de esta nueva/vieja versión del Barça: un club comprador a la altura de los grandes de Europa. Una consideración que por historia y tradición mantiene... Y que quiere recuperar, también, por poder futbolístico e impacto mediático.
El Barcelona es, como el Real Madrid, PSG, Manchester City, Liverpool, Chelsea, Juventus o Bayern Munich, un club condenado a la victoria. En el fútbol globalizado de la actualidad, en el que la conquista de la Champions League es un éxito mayúsculo como un fracaso es la eliminación, donde ganar la Liga nacional es poco menos que una obligación y el segundo clasificado es considerado el primero de los fracasados, el club azulgrana pasó de ser un integrante de la aristocracia a ser expulsado de la misma cuando sus resultados cayeron en picado.
Y para recuperar su papel ha entendido necesario, urgente e innegociable agitar su vestuario como no se recordaba. Un año después de que despidiera con pesar a Leo Messi y cerrase el mercado de verano de 2021 devolviendo a Antoine Griezmann al Atlético de Madrid por sus salarios inasumibles, el Barça ha abandonado su papel de comparsa y está, otra vez, en el primer plano del escenario.
El club azulgrana, a la espera que empiece a rodar el balón en competición oficial, se sabe obligado a recuperar el glamour en su vestuario. Manteniendo a la columna vertebral que forman Ter Stegen, Piqué, Alba y Sergio Busquets, ha renovado con prisa y sin pausa el vestuario, ya fuera con la integración de jóvenes que han demostrado estar sobradamente preparados como son los casos de Pedri, Gavi o Ansu Fati o con fichajes que no vienen, como en el pasado, a completar la plantilla, sino, más aún, a ser futbolistas determinantes.
Se adivina que en este primer proyecto propiamente suyo de Xavi Hernández los roles en el equipo van a ir cambiando. El fichaje de Lewandowski es el punto principal, el jugador que, como fue Ronaldinho en 2003, debe devolver la alegría, optimismo y calidad al equipo.
Al lado del polaco se estima que el poder futbolístico del Barça se multiplicará respecto a las dos últimas temporadas y dejará de ser una comparsa para convertirse en un equipo que aspire a ganar cualquier título por el que compita.
Y eso es, a fin de cuentas, el motor que hará navegar otra vez con excelencia a este transatlántico que siempre fue el Barça. El club necesitaba dar un golpe sobre la mesa en el mercado de fichajes y lo ha hecho con una fortaleza en la que pocos creían. A partir de aquí el balón dirá hasta qué punto ha acertado con sus apuestas pero lo que es indiscutible es que el Barça ha vuelto.
