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El Scudetto de 1985, una hazaña convertida en sueño eterno del Hellas Verona

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BARCELONA -- Hablar de la Serie A es hablar de equipos con rica tradición ganadora y vitrinas repletas de trofeos o equipos con fuerte presencia en la historia del futbol italiano.

La Juventus, dominadora absoluta con 33 títulos, el Inter con 16 o el Milán con 15 con un Torino que presume seis campeonatos (cinco en la década de los años 40 hasta la tragedia de Superga), cinco del Bolonia, tres de la Roma, dos del Napoli, la Fiorentina y Lazio y uno del Cagliari y Sampdoria.

Sin embargo, quizá el más sorprendente en la historia de la Serie A sea el campeonato que ganó el Hellas Verona en la temporada 1984-85.

Cuando todavía resuena en el recuerdo la Premier League que en 2016 conquistó el Leicester, conviene devolver al plano la campanada que dio el Hellas el 11 de mayo de 1985.

No fue cualquier cosa.

El título del Hellas Verona en 1985 no fue un normal, porque coincidió no sólo con el primer curso de Maradona en Italia sino que fue logrado en un torneo en el que la Juventus tenía en su plantilla a futbolistas de la talla de Michele Platini y el polaco Zbibniew Boniek, el Inter contaba con el alemán Karl-Heinz Rummenigge, la Fiorentina tenía al brasileño Sócrates y al argentino Daniel Passarella, el Udinese tenía al también brasileño Zico y la Roma a su compatriota Paulo Falcao.

En la década de los años 80, el Calcio disfrutó de su era dorada. Era el campeonato que más dinero movía en todo el mundo futbolístico, donde se concentraban más estrellas y que tras el título mundial logrado por la selección en 1982, vivió sus mejores años.

Ante el papel de la Juve como favorito y la consideración como candidatos al mismo de la Roma, campeona en 1983, la Juve, Milán, Fiorentina o incluso el Napoli reforzado con el Diego, emergió un pequeño equipo del norte, ascendido tres años antes de la Serie B y que bajo el mando de Osvaldo Bagnoli rompió todos los pronósticos.

El alemán Hans-Peter Briegel y el danés Preben Elkjaer-Larsen, procedentes de Kaiserslautern y Lokeren, fueron los fichajes extranjeros del Verona en el verano de 1984 a una plantilla sin estrellas, pero con un espíritu que en las dos primeras campañas tras el ascenso de 1982, ya se había colocado entre los seis mejores del futbol italiano.

En el Verona destacaba Claudio Garella, un portero sin fama, pero con solvencia, llegado desde la Sampdoria; el capitán Roberto Tricella, aterrizado cinco años antes desde el Inter; el delantero Giuseppe Galderisi, a quien no quiso la Juventus; Luciano Bruni, Antonio di Gennaro o Silvano Fontolan. Era un grupo humilde y compacto al que Bagnoli, un técnico sin cartel, pero con mucho ascendente en el vestuario, supo sacar el mayor rendimiento.

Elkjaer-Larssen procedía del modesto Lokeren de Bélgica y llegó tan en silencio, que se destacó como un delantero descomunal: fuerte, potente, rápido y duro fue un auténtico descubrimiento, así como Briegel, un auténtico comodín. Ya fuera como central, lateral, carrilero o mediocampista, se convirtió en el pulmón y corazón de un rocoso equipo.

Inicialmente considerados dos extranjeros de segundo orden en el Olimpo del Calcio, en un abrir y cerrar de ojos, Elkjaer-Larsden y Briegel se convirtieron en estrellas capaces de opacar la luz de los cracks.

Gianni Brera, periodista deportivo legendario en Italia, bautizó a Bagnoli como el Schopenhauer del Calcio por su carácter intimista y filosófico, sin carisma fuera de las paredes del vestuario, pero con un discurso elocuente y motivador como para hacer creer a sus jugadores que serían capaces de todo, y para convertirlos en auténticos gladiadores al servicio de un equipo matemático.

La presentación de ‘Pelusa’, el inicio del sueño

El estadio Marcantonio Bentegodi fue el 16 de septiembre de 1984, el escenario de la presentación en partido oficial de Diego Armando Maradona en la Serie A y, de repente, el “Pelusa” comprendió que su adaptación al Calcio no sería un camino de rosas, a la vez que el 3-1 con el que ganó el Hellas en aquella jornada inaugural despertó tanta curiosidad como cero pronósticos futuros.

El Diego cayó ante la mirada incrédula de toda Italia, ante más de 40,000 espectadores que habían acudido al estadio llamados por la luz del argentino y que quedaron deslumbrados por la solvencia local, que pasó como un tornado por encima de aquél Napoli, que en 1987 probaría la gloria del Scudetto.

Aquello ocurrió a mediados de septiembre, pero un mes después, el Hellas ya era el equipo de moda. El 14 de octubre derrotó en la quinta jornada a la Juventus (2-0), una semana después de haber empatado en San Siro ante el Inter para colocarse en un liderato que ya no abandonó hasta acabar la temporada. Apenas en la Jornada 16 le alcanzó en lo alto de la tabla el Inter, que no pudo seguir la estela del Hellas.

Sufrimiento y gozo

Invicto durante las primeras 14 jornadas, el Verona sufrió su primera derrota en la última jornada de la primera vuelta (2-1 ante Avellino en enero de 1985) y no volvió a perder hasta la jornada 25, en casa frente al Torino, en un momento cumbre del curso.

Aquella derrota frenó la euforia y hasta provocó temor de que el sueño pudiera acabar abruptamente con la Juve, el Inter, Torino y Sampdoria colocados cuatro puntos por detrás del sorpresivo Hellas a cinco fechas (10 puntos) por disputarse.

“Fue la mejor derrota, porque nos despertó de golpe”, aseguró Bagnoli al recordar el tropiezo ante el Torino. “Nos hizo entender que cada partido había que lucharlo como si fuera el último de nuestras vidas, porque nadie nos iba a regalar nada”.

Una semana después, la renta se rebajó en otro punto cuando el cuadro veronés igualó en San Siro ante el Milan y la Sampdoria y Torino recortaron distancias, pero el 28 de abril, en coincidencia con la derrota de la Sampdoria ante el Avellino y del empate del Torino en Como, Pietro Fanna le dio un angustiante triunfo al Hellas sobre la Lazio con un tanto a 10 minutos del final, para disparar la euforia y empezar a descontar los días hasta la celebración.

El título se hizo oficial en la penúltima jornada, el 11 de mayo de 1985, merced al empate logrado en Bérgamo ante el Atalanta.

La locura. El éxtasis jamás imaginado en Verona ante la incredulidad de todo un país.

Un título convertido en leyenda

“Fue una obra de arte”, sentenció al cabo de los años Briegel.

El alemán se declaró siempre incrédulo de aquella maravillosa gesta labrada a fuego lento bajo el mando de un entrenador único, un tipo de clase obrera que jamás olvidó sus orígenes y a quien Silvio Berlusconi descartó tiempo para su proyecto en el Milán por sospechar que el estratega pertenencía al Partido Comunista Italiano.

Bagnoli ascendió al Hellas desde la Serie B en 1982 y completó la plantilla con no pocos jugadores en edad veterana que fueron descartados por otros equipos. Nadie creía en ellos más allá de que fueran un grupo que pudiera plantear problemas a los grandes, pero sin mantener la regularidad necesaria.

Quienes les hicieron el feo no atendieron al hambre de triunfo que el técnico impregnó en ese vestuario, al pressing en el centro del campo mezclado con el mejor Catenaccio italiano y el músculo, el poder físico que anuló uno a uno a todos los rivales que se le presentaron por delante.

Fue un sueño hecho realidad en una temporada europea que llegó a un infame y oscuro final con la “Tragedia de Heysel” previo a la Final de la Copa de Europa y que encumbró entre muertos a la Juventus, al tiempo que opacó a la celebración de un Hellas Verona que nunca imaginó ganar un campeonato y que se convirtió en la mayor proeza en la historia en la Serie A y probablemente del futbol europeo en el último medio siglo.