MÉXICO -- Las otras despedidas fueron artificiales, no fue la real, la que él quería. Cuauhtémoc Blanco deseaba con todo el corazón poder disputar un partido oficial vistiendo los colores del América. La sangre de Blanco es de color azulcrema y retirarse sin sentir el calor del Estadio Azteca hubiera sido incomprensible, igual de incomprensible como cuando quedó fuera de la lista del Mundial 2006.
Blanco luchó, corrió, y buscó todas las formas posibles para hacer sentir su presencia sobre la cancha del mítico Estadio Azteca. Los compañeros alzaban la cabeza y buscaban al número 100 que se movía de manera inquietante, buscando los espacios entre los defensas centrales del Morelia. Cada vez que Blanco tocaba el balón, el estadio rugía, quería ver a uno de los ídolos más grandes del americanismo, despedirse del Azteca, con un gol o una pincelada imborrable.
Antes de que el partido se eventurara, Cuau charló con los pesos pesados del equipo actual, con Oribe Peralta y Rubens Sambueza. Con Peralta no se despegaba. Ver a Peralta y Blanco darse pases largos, era ver unirse a dos futbolistas que le han dado muchas alegrías al espectador mexicano. Entre ellos había una medalla de oro olímpica y una Copa Confederaciones. Se dice fácil.
Los minutos progresaban y la afición azulcrema demostraba descontento cuando Morelia tenía el balón. Y de repente llegó el primer instante que dejó al estadio atónito, el mundo se paró. Blanco recibió el balón desde la banda izquierda y decidió trasladarse hasta el centro, con el balón, pegado a su bota derecha, vio al arco, y soltó un tiró bombeado que se estrelló en el larguero. Blanco miró al cielo y gritó, era su gol. Era el gol que el aficionado soñó antes de llegar al Azteca.
Temo dirijía, gritaba cuando tenía que gritar, y charlaba con los rivales, cuando la posibilidad se presentaba. Todos querían un momento con él. Todos querían decir que convivieron con Blanco en su último partido en el Cóloso de Santa Úrsula. Él sabía que podía brindarle al equipo, siempre intentó situarse en algún lugar de la cancha donde podía entregar un balón largo o corto a algún compañero.
Mientras Cuau estaba entre los once del América, las incursiones al ataque de Morelia fueron limitadas. El arquero Hugo González tuvo el mejor billete del encuentro, viendo a nivel de cancha los últimos minutos de Cuau, portando el gafete de capitán de las águilas. Cuando el cronómetro marcaba 20 minutos, Blanco bajaba a marcar y hasta se barría con la intención de cortar la jugada del rival. Las llegadas americanistas al área de Morelia acrecentaban, pero todas eran similares, todos las jugadas tenían que acabar en las botas de Blanco. Peralta hacía bicicletas y retenía el balón para que Blanco siempre llegara con opciones, pero en otras jugadas ‘Sambu’ no se aguantaba las ganas de chutar, y en lugar de dar el último pase a Blanco, mejor disparaba con todas las intenciones de abrir el marcador.
Cuau sintió el partido como oficial, no como un adiós. Su hábitat son las canchas de futbol, no las oficinas de presidente municipal. Cuando el espectador iba a ver un partido donde Blanco participaría, se aseguraba de ver magia, de ver jugadas impensables.
Cuando Darwin Quintero se preparaba para entrar y tomar el lugar de Blanco, el estadio se desprendió con un “Olé, olé, Temo, Temo”, la sustitución se acercaba y él seguía en lo suyo. Quería dejar su huella en la tarde del sábado. Sambu, Peralta le abrazaron mientras se dirigía a la banda para salir. Salió, tomó una botella de agua, mandó un beso a la grada y se tocó el escudo, su escudo, el del América.
