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Opinión: Un 'huérfano' más de Maradona

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Adiós Diego, hijo pródigo de Argentina. Tlatoani Carrera hace una radiografía de la leyenda (3:17)

Tlatoani Carrera hace un breve recuento de lo que fue Diego Armando Maradona, dentro y fuera de la cancha. (3:17)

CIUDAD DE MÉXICO -- En casa teníamos solo dos televisiones, ambas de dimensiones modestas. La de la sala, conectada a una antena a la azotea, era la de mejor señal. La otra, la menor, de la recámara de mis padres, funcionaba con una ‘antena de conejo’.

Mi ritual de algunos domingos en la ya lejana década de los 80 era despertar muy temprano, por ahí de las siete de la mañana, e instalarme en la sala a solas, sin ruido y con una gran sonrisa para seguir los partidos del futbol italiano que pasaban en el canal 13.

En aquellas épocas las llamadas antenas parabólicas eran un lujo exclusivo de las familias acomodadas. Era el ‘cable’ de esos tiempos que ofrecía una mayor cantidad de canales y alternativas para seguir en el televisor.

En casa y en muchas otras —la gran mayoría— las opciones se reducían prácticamente al Canal 2 e Imevisión. ¿Chabelo o Maradona un domingo por la mañana? No había duda sobre la elección, mucho menos cuando nadie más que yo tenía el poder de decidir mientras todos dormían.

A los siete u ocho años ‘conocí’ a Maradona. Ya me gustaba el futbol porque desde los seis, mi padre me inscribió en una escuelita en donde entrenaba y trataba de aprender a jugar. Pero ver a Diego fue la confirmación de todo.

Entendía poco y nada del país y equipo en el que jugaba, pero tenía claro que el ‘10’ de los azules era quien me motivaba a despertarme y a estar puntual en la cita de cada fin de semana.

El Mundial de 1986 lo viví sin conciencia, tenía 9 años, pero conservo en el recuerdo la explicación de mi padre, hombre de pocas y enredadas palabras, acerca de que Maradona no iba a jugar con su equipo, si no con su país, lo cual fue motivo suficiente para volverme, sin saberlo en ese entonces desde luego, en aficionado de Argentina en cada Copa del Mundo.

Después de México, mi selección favorita es la albiceleste desde hace 34 años. Todo por ‘culpa’ de Diego.

En Italia 90, ante la ausencia de México, todas mis fichas estaban con Argentina. En ese entonces ya conocía a más futbolistas, equipos y selecciones, pero nada había cambiado, el ‘10’ era mi favorito y ni cerca alguien le hacía sombra.

Eran otros tiempos y no existía el acceso a la información que hay hoy en día. No tengo claro cuál fue mi reacción años más tarde al enterarme que Maradona se iba del Napoli, pero sí recuerdo que lloré en cada castigo que le impusieron.

Desconocía si era o no su culpa, pero había enorme tristeza y un vacío que nadie era capaz de llenar con su ausencia. Fui uno de tantos que sufrió junto con Diego.

Durante mi etapa en la primaria le iba a las Chivas y soñaba con ver a Maradona con esa camiseta, hasta que mi padre me dijo que eso nunca sería posible bajo el argumento —incomprensible para mí en ese entonces— de que el Guadalajara solo jugaba con futbolistas mexicanos.

De su paso con Sevilla y Newell’s recuerdo poco y nada. Cuando volvió a Boca ya en la parte final de su carrera, sí que tuve oportunidad de disfrutarlo, así como en cada partido con Argentina, de la índole que fuera.

Tal vez esta historia no tiene nada de especial, pero quizá sí algún sentido de identidad con tantas otras. Soy un ‘huérfano más de Diego’. En gran parte por él amo tanto el futbol, me hice aficionado y decidí que mi vida estaría ligada siempre a una pelota.

Sus excesos, cuando llegaba a criticar a Messi, y cada episodio bochornoso tras su retiro nunca me gustaron, pero bajo ninguna circunstancia me sentía capaz de juzgarlo... “Es Maradona”, pensé siempre…

Y a Diego le debo mi amor al futbol, que se gestó y consumó desde aquellos domingos por la mañana en una fría y solitaria sala frente a un viejo televisor...