El domingo 19 de julio, cuando Argentina y España salten al campo de juego para disputar la final del Mundial 2026, dejarán de ser dos selecciones que apenas se cruzaron una vez en la Copa del Mundo.
Durante 60 años, ese único antecedente quedó escondido entre las grandes historias de Inglaterra 1966 y, por supuesto, fue eclipsado por el escándalo de Antonio Rattín frente a los británicos y toda la mitología que derivó de aquel cruce.
Sin embargo, antes de Wembley hubo otro partido emblemático. Uno que cambió el ánimo de un plantel, modificó la imagen interna y externa del fútbol argentino de aquel tiempo y convirtió a Luis Artime, Ermindo Onega y Roberto Perfumo en protagonistas de una de las actuaciones más recordadas de aquella generación.
Aquel 13 de julio de 1966, en su estreno en el Mundial 1966, la Selección Argentina derrotó 2-1 a España en el estadio del Aston Villa, en Birmingham.
Seis décadas después, ese club tiene otro argentino como dueño de los aplausos: Emiliano “Dibu” Martínez, arquero y figura del club inglés, además del héroe de la conquista del Mundial de Qatar 2022.
Allí donde el arquero marplatense se consolidó para ser citado por Scaloni para hacer historia, Luis Artime fue protagonista absoluto del único antecedente mundialista entre argentinos y españoles, al anotar un doblete que terminó significando mucho más que una victoria en la fase de grupos.
Argentina y una victoria que emocionó a uno de los grandes cronistas de la época
Argentina había llegado a Inglaterra envuelta en un clima de incertidumbre. La preparación había sido desprolija, las críticas abundaban y el seleccionado de Juan Carlos “Toto” Lorenzo no despertaba demasiada confianza.
España, en cambio, aparecía como uno de los candidatos europeos y contaba con Luis Suárez, apodado “el Arquitecto”, Balón de Oro en 1960, ganador de la Eurocopa 1964 y uno de los futbolistas más prestigiosos del continente.
Lo que ocurrió aquella tarde sorprendió incluso a quienes seguían de cerca al seleccionado argentino.
El primero en encontrar las palabras justas fue Osvaldo Ardizzone, uno de los enviados de la mítica revista El Gráfico: “Es como volver de una borrachera. Como despertar de un letargo. Es como volver a ver a un amigo después de 20 años de ausencia y encontrarlo 20 años más joven”, escribió en su artículo, titulado “¡Gracias..! A los once”.
El legendario cronista entendió que aquella actuación excedía el resultado. No estaba describiendo solamente un triunfo frente a España. Estaba narrando el reencuentro del fútbol argentino con una identidad que parecía haberse perdido en Mundiales previos y en interminables problemas internos de la dirigencia futbolera nacional.
Desde el comienzo de aquel partido, la Selección Argentina jugó con una intensidad inesperada. Jorge “el Indio” Solari anuló durante gran parte del partido a Luis Suárez con un despliegue físico admirable. Roberto Perfumo empezó a construir una actuación que lo consolidaría como uno de los mejores defensores del Mundial. Ermindo Onega manejó cada ataque con una lucidez extraordinaria. Y adelante apareció Luis Artime para hacer lo que mejor sabía: convertir goles.
Argentina vs. España: la tarde soñada de Artime y el impacto directo contra el descrédito hacia la Selección
El primer gol celeste y blanco llegó a los 20 minutos del segundo tiempo, tras una combinación iniciada por Alberto González, quien tocó para Solari. “El Indio” buscó una pared con Onega, quien le devolvió la pelota con precisión entre dos defensores españoles. Solari llegó hasta la línea de fondo por el lateral derecho y lanzó un centro atrás. Artime apareció en zona de fuego por el segundo palo y, con un derechazo seco, clavó la pelota en la red.
Pirri, de cabeza, le ganó el duelo aéreo a Roma y empató para España 7 minutos más tarde.
No obstante, el segundo gol de Artime, a los 34 minutos de la segunda parte, sería inclusive más representativo del nivel colectivo de aquella Selección, “el epílogo de la mejor jugada del partido”, según El Gráfico.
Perfumo recuperó con autoridad en defensa y se la entregó a Onega, quien, de primera, lanzó un pase cruzado para la entrada de Artime entre dos defensores. El goleador de la tarde dominó la pelota de manera magistral y sacó un zurdazo cruzado que se clavó junto al segundo palo.
Ardizzone volvió a encontrar la definición exacta. “Un equipo desconocido. Una fuerza vital que desbordó la importancia del esquema, que superó todos los cálculos previstos. Hace tiempo que no veo a una selección nacional jugarse como lo hizo ésta frente a España”.
Aquella tarde, según contó El Gráfico, el sistema táctico quedó en un segundo plano frente a la convicción con la que jugaron los futbolistas argentinos.
La Selección había conseguido algo mucho más valioso que un triunfo. Había recuperado su personalidad.
El impacto fue inmediato. Los mismos jugadores que habían viajado rodeados de dudas comenzaron a sentirse protagonistas.
El Gráfico describió ese cambio de ánimo con una frase tan original como reveladora: los futbolistas “comenzaron a sentirse empresarios de sí mismos”. Ya no jugaban condicionados por las críticas ni por el peso de las comparaciones. Habían comprobado que podían competir de igual a igual con cualquiera.
Una transformación determinante: del descrédito al orgullo nacional
Para Argentina, esa transformación sería determinante para el resto del torneo, que continuó con un empate contra Alemania Federal (0-0) y una victoria sobre Suiza (2-0) en la fase de grupos.
Días más tarde llegaría el inolvidable y polémico duelo en cuartos de final frente a Inglaterra en Wembley, marcado por la expulsión de Antonio Rattín y por uno de los arbitrajes más discutidos de la historia de los Mundiales. Aquella historia terminó ocupando casi todo el espacio en la memoria colectiva. Tanto, que dejó en un segundo plano el partido que había cambiado la percepción sobre aquella Selección.
Sin embargo, antes del escándalo existió el fútbol. Existió un equipo que sorprendió a Europa con el talento de Onega, la autoridad de Perfumo, el despliegue de Solari y el oportunismo de Artime.
Existió una victoria que devolvió prestigio internacional al fútbol argentino y que hizo que hasta la prensa británica alabara el nivel del conjunto de Juan Carlos Lorenzo.
Admiración en el mundo y la vuelta a Argentina como héroes futboleros
La reivindicación no terminó con el pitazo final en Birmingham. A medida que avanzó el Mundial, aquella Selección empezó a conquistar un reconocimiento que pocos imaginaban antes del viaje.
La prensa inglesa destacó la autoridad de Perfumo, el despliegue de Marzolini, la inteligencia de Onega y el oportunismo de Artime. The Observer, incluso, ubicó a Perfumo entre las grandes figuras de la primera fase, mientras otros medios europeos coincidían en que Argentina había recuperado un lugar entre las selecciones más respetadas del planeta.
Después de muchos años, Argentina dejaba de ser noticia por la nostalgia de sus viejas glorias para volver a ser elogiada por lo que producía dentro de una cancha de césped.
La repercusión también se sintió de inmediato en el país. La revista Goles contó que los futbolistas regresaron a la Argentina convertidos en referentes populares. Allí donde se presentaban con sus clubes, durante el torneo local, eran recibidos con largos aplausos y demostraciones de afecto.
Los mismos jugadores que habían partido rumbo a Inglaterra rodeados de dudas y cuestionamientos ahora despertaban la admiración de hinchas de todas las camisetas.
Goles destacaba que aquellas ovaciones trascendían los colores de cada equipo: Perfumo, Marzolini, Artime, Onega y sus compañeros eran saludados, antes que nada, como integrantes de una Selección que había devuelto el prestigio internacional al fútbol argentino.
Argentina vs. España y el hilo invisible que une a Villa Park con la final del Mundial 2026
Sesenta años después, Argentina y España volverán a encontrarse en un Mundial. Esta vez habrá una Copa del Mundo en juego. Ya no estarán Artime, Onega, Perfumo ni Luis Suárez. Pero aquella tarde de Birmingham seguirá explicando por qué el único antecedente mundialista entre ambos países nunca fue un simple 2-1.
Fue el día en que Argentina volvió a creer en sí misma.
Ardizzone, en las páginas de El Gráfico, decidió congelar ese instante para siempre: “Quiero seguir perpetuando la gloria de esos 90 minutos inolvidables, porque quiero seguir gustando el enorme placer de este hoy que comprobé, que tuve apretado entre mis manos; de esos 90 minutos que me entraron por los ojos, por los sentidos, por la mente”.
