Uruguay enderezó su camino en las Eliminatorias con las victorias ante Paraguay y Venezuela. Con dos fechas por delante quedó en zona de clasificación directa para Qatar. Eso es lo más importante. Tras sufrir el fixture que marcó jugar dos veces contra Argentina, visitar a Brasil en Manaos y subir a La Paz, el camino se allanó. Y la Celeste, con el debut de Diego Alonso, cumplió con su parte.
En un país en el que hace algunos años la gente en cualquier tema disfruta más polarizarse que comer un chivito, de inmediato se enfrentaron dos visiones: Alonso hizo jugar a la selección como nunca antes vs Alonso no le ganó a nadie.
Y la verdad es que en el medio hay matices que deberíamos considerar en un análisis. En muchos partidos antes del cambio de entrenador Uruguay tuvo una postura similar a la que tuvo ante los venezolanos en el Centenario. Basta con recordar el juego ante Bolivia en el Campeón del Siglo. También allí se paró en campo rival, tiró una presión asfixiante, fue protagonista los 90 minutos y hasta anotó la misma cantidad de goles. Rivales semejantes, posturas parecidas. No menos cierto es que más allá de haber enfrentado al penúltimo y al último de la tabla de posiciones, la ilusión se renovó con rasgos identitarios que parecían perdidos y tanto en Asunción como en Montevideo la selección volvió a mostrar.
Tan necio es negar la era Tabárez como no reconocer que el nuevo técnico revitalizó al equipo y encontró una gran respuesta de los jugadores. Sería saludable terminar con el maniqueísmo.
En estos dos partidos que dirigió, Alonso dio muy buenas señales al acertar con nombres nuevos, aspectos tácticos y decisiones grupales que elevaron el nivel colectivo. Su gran hallazgo es Facundo Pellistri. Un jugador que más allá de sus innegables condiciones aún busca asentarse en Europa. Cedido por el Manchester United al Alavés y con pocos minutos en España nadie lo tenía en el radar de la selección para este momento. El técnico sorprendió con su convocatoria y, aún más, con su titularidad. Ante Venezuela Pellistri fue determinante en tres de los cuatro goles. Incontenible en el uno contra uno, desairó al rival que tuviera en frente y tomó decisiones correctas toda la noche.
Mathías Olivera también llegó para quedarse. El lateral del Getafe cumplió en todas las facetas del juego ante su primera oportunidad.
El salto definitivo de calidad al equipo se lo dieron Federico Valverde y Rodrigo Bentancur. Y ahí también tuvo mucho que ver Alonso. Liberados para adelantarse, moverse y presionar, la altura de Uruguay en el campo la marcaron ellos. Allí donde se plantaban para recuperar, la selección iniciaba las ofensivas. Por condiciones, categoría, estatus en el mundo del fútbol, proyección y clase, serán ellos los que portarán la bandera del juego de la Celeste durante la próxima década. Es bueno que ya lo hagan.
Además, el entrenador fue capaz de involucrar en su proyecto deportivo a Diego Godín y Luis Suárez. Ambos son pilares dentro del campo de la idea de Alonso. Lejos de sacarlos del plantel (¿dónde estarán los que pedían jubilación para ambos?) les dio el protagonismo necesario para que sean sostenes emocionales del plantel. Capitán hace ocho años y jugador con más partidos en la historia de la selección, máximo goleador de la historia uruguaya y de las Eliminatorias. Cada uno con cuatro Eliminatorias, tres mundiales, decenas de partidos límite y una adhesión a la causa fuera de toda discusión. Sacarlos justo cuando llega la etapa más extrema de la competencia era un desatino absoluto al que el técnico no se montó. Godín hace meses que no jugaba al fútbol. Estuvo sin club, entrenó solo, con un único objetivo. Suárez llegó cuestionado en su club, físicamente tocado, con varios partidos sin anotar. En la doble fecha, por si hacía falta, demostraron quiénes son.
También recuperó su mejor versión Edinson Cavani. De segundo delantero, esforzado como de costumbre, mostró que tanto su disposición para ir y venir como su capacidad para definir siguen intactas.
Pasó algo más desapercibido pero no fue menos importante Giorgian De Arrascaeta. Si de recuperar o definir se trata, el de Flamengo estuvo a la altura en los dos rubros.
En estos dos partidos la selección ganó en intensidad y autoestima, ítems que la hicieron competitiva ante cualquier rival. Con eso, todo. Sin eso, nada. Lejos de teorías conspirativas ridículas, es evidente que el aire cambió. El mensaje del entrenador convenció en el vestuario y a los jugadores se los nota cómodos, a gusto, con el único compromiso que tienen desde el primer día que pisaron el Complejo Celeste: hacer de la selección el equipo que une a todos los uruguayos.
