Hay vidas que no se explican sin un palo y una bocha. Hablar del "Colo" Lucas Vila es adentrarse en una dinastía que respira hockey en la mesa familiar, en la sobremesa y en los pasillos de Banco Provincia. No es una elección consciente; es un ecosistema. De los padres a los hermanos, y de los hermanos a los hijos que hoy vuelven a correr por las mismas canchas, la vida de Vila es un bucle donde el club no es solo un predio deportivo, sino un puerto seguro para toda la vida.
"Es prácticamente toda la vida ligada de alguna manera con el hockey. Muchas cosas las absorbí en casa, por mis viejos o mis hermanos. Después fui haciendo mi carrera, viviendo la vida de club, y la verdad es que nunca dudé si hice bien la elección. Hoy veo a mis hijos transitando la misma etapa y, si eligen el hockey, sé que van a estar bien cuidados y que van a tener ese lugar donde siempre van a ser bienvenidos", reflexiona Lucas, marcando la matriz de donde sale todo. Pero la genética y el sentido de pertenencia solo explican el punto de partida. Mantenerse en la cima de la elite internacional durante casi dos décadas exige un ejercicio constante de reinvención. Aquel chico que descollaba con holgura en las divisiones inferiores debió adaptarse cuando la categoría mayor y el profesionalismo europeo emparejaron las cargas. "En inferiores hacía mucha diferencia, pero después todo se equipara. A los 24 o 25 años tuve un bajón; me tuve que reinventar. Los defensores te van conociendo, tenés lesiones y el juego cambia muy rápido. Si no te reinventás, te quedás afuera. Nunca fui un dotado físicamente, siempre tuve que esforzarme para estar en la media, y hoy, de más grande, la diferencia se hace con maña y con cabeza".
Esa resistencia a colgar los botines -incluso cuando el retiro parecía una decisión tomada- empezó a convivir con una pulsión inevitable: la del entrenador. La transición no nació de una planificación fría, sino de una necesidad visceral por encauzar la adrenalina que el cuerpo ya no puede metabolizar únicamente dentro de la cancha.
Dirigir a las chicas de Lomas Athletic y formar parte del proceso del Seleccionado Junior lo pusieron de golpe del otro lado de la línea de cal. Un territorio donde el desafío principal no es la táctica, sino el manejo del ego y las distancias: saber diferenciar al "Colo jugador" del entrenador directo, franco y empático que busca la excelencia sin ahogar a sus dirigidas.
"Empecé a ser entrenador un poco para reemplazar esa adrenalina y la competitividad de los partidos. Todavía sigo en ese duelo, preparando la etapa de dejar una cosa para seguir con la otra. En Lomas encontré un equipo que necesita ganar, igual que en Banco. Pero traté de diferenciarme: no puedo pretender que las jugadoras jueguen como el Colo jugador, sería una carga injusta. Desde la táctica absorbo de todos -de mi hermano Matías (hoy en India), del Gato López, de Nano Ortíz-, pero desde lo humano me pongo siempre del lado del jugador para hablar con la verdad". Aprender a no mezclar roles -una lección aprendida desde niño al ser dirigido por su propio padre o compartir cancha con sus hermanos- terminó por moldear su perfil como conductor. Un balance exacto entre el respeto por la jerarquía dentro de la cancha y la complicidad afectiva fuera de ella. Con esa coraza de vestuario, templada entre la exigencia de los clubes más ganadores del país y el barro del aprendizaje constante, Lucas Vila terminó de edificar la mentalidad con la que más tarde viajaría al Viejo Continente y a los torneos internacionales. La misma convicción que, años después, lo llevaría a ser pieza clave en el mapa de Los Leones.
