Imagínese usted en esta situación. Atrévase a hacer el ejercicio. Los hinchas señalándolo como el culpable. Miles de periodistas esperándolo para hacer leña del árbol caído. Y ahí está usted, abrazado a la soledad en un vestuario esquivo. Sale reemplazado en el primer tiempo por un error puntual que le cuesta la clasificación a su Selección. Son tres goles en cuatro partidos. La eliminación es un hecho. Se quita los guantes, apoya las manos contra el fondo de la ducha y recibe el chorro de realidad sobre el rostro. Y luego, el pasillo. Frío, distante, un vía crucis hacia lo inevitable. A los 40 años, toca dar la cara. Enfrentar lo que viene. Ya no habrá mañana, solo presente. El final se aproxima.
No tan rápido.
"Siempre fui de dar la cara. Creo que esta también es la manera más cercana que tengo para hablarles a todos los uruguayos. Nunca imaginé estar sufriendo tanto por este deporte, más con todo el trabajo que hice y por cómo me preparé (...) Como les dije a los chicos en el vestuario cuando terminó el partido y estaban todos más tranquilos, me toca no haber tenido un buen Mundial. Les pedí disculpas a ellos. Le pido disculpas a todo el pueblo uruguayo".
Si esto fuese una película, sería sencillo graficarla. Ayer villano, hoy héroe. Un arquero que envuelve penas en algún bar de Montevideo, observando la tristeza del pueblo, como alguna vez Obdulio Varela señaló allá por 1950. En aquel entonces no era Montevideo, sino Río de Janeiro. Aquella vez había sido triunfo Celeste, esta vez, derrota. En los dos casos había culpa y tristeza. Uno por ganar. El otro por perder. Sin embargo, hay universos que confluyen en un escenario: el Maracaná. ¿Qué tiene que ver Fernando Muslera con Obdulio Varela? En un principio, nada. En el cosmos, todo. Porque 76 años después de aquella gloria eterna para Uruguay, con Moacir Barbosa enfrentando el oprobio de su gente por la responsabilidad del segundo gol ante Alcides Ghiggia, Muslera encontró su punto de retorno en el mismo espacio. Bajo el mismo cielo. Un pie de pivote imaginario para revertir lo que parecía juzgado.
Siempre llega demasiado tarde quien no lo intenta.
Muslera, ahora, está parado bajo los tres palos. Flamengo y Estudiantes definen por penales el pasaje a la final de la CONMEBOL Libertadores. La vida lo vuelve a poner en un lugar de no retorno. Será para un lado, o para el otro. Han pasado algo menos de cuatro meses desde el error contra España que le costó la clasificación a Uruguay en Guadalajara. 117 días. 2.808 horas. 168.480 minutos. La autopista de tiempo entre un momento fatídico y otro que puede reconstruirlo.
Muslera tensa los cuádriceps. Afirma la mandíbula. Sabe todo lo que pasó para llegar hasta acá. Escucha el silbato. Y vuela. Cancela los pensamientos y vuela. Abajo, inclinado, estira la muñeca y empuja la pelota hacia un costado. Se ilusiona. Sonríe. Tapa así su primer penal. No será el único. Para la cuenta, serán tres. Muslera, Muslera, MUSLERA. Como la cantidad de meses que pasaron de un momento a otro. "El fútbol siempre te da revancha", dice, emocionado, al ser consultado sobre lo primero que viene a su cabeza en un momento tan especial. Estudiantes está, una vez más, en la final de la Libertadores. Buscará su quinto trofeo.
El villano vuelve a ser héroe. Pero el héroe de esta noche, alberga dentro de su pasado al villano que lo sostuvo. La vida nunca es blanco o negro. Está llena de grises.
Volver a alguna parte. Bañarse dos veces en el mismo río. El sueño de los griegos encuentra su clímax perfecto en el ágora moderno, una cancha de fútbol.
Las heridas se vuelven cicatrices. Muslera levanta los brazos. Es el regreso perfecto.
Solo cumple sus sueños quien resiste.
